La mosca terrorista en el tazón de leche

Cuando Putin llegó al poder la tarea que tenía ante sí no era, en absoluto, fácil. No sólo es que la antigua URSS había desaparecido, sino que la nueva Rusia caminaba al borde del colapso a causa de la descomposición institucional, las mafias y los nacionalismos periféricos. Putin no sólo consiguió poner orden en medio de un caos creciente, sino que además logró impulsar la economía e incluso comenzó a relanzar el papel de Rusia como gran potencia. No era empresa sencilla porque Estados Unidos estaba más que entregado a la tesis de una hegemonía unipolar y China, reconvertida al capitalismo, no sólo pegaba fuerte en Extremo Oriente sino que extendía sus tentáculos sobre el resto del globo.

Este año que concluye demuestra hasta qué punto, paso a paso, Putin ha ido alcanzando metas que hace una década se habrían considerado imposibles. En Oriente medio ha mantenido un pie esencial tras lograr que se aceptara su salida a la crisis siria. En Ucrania, los nacionalistas partidarios de un mayor acercamiento a Occidente han tenido que rendirse a la evidencia de que todo el este del país es prorruso y desea mantener sus vínculos históricos con Moscú. En el Ártico y la frontera de las repúblicas del Báltico, Putin no ha dudado en realizar un despliegue de poder militar que puede considerarse modesto en términos reales, pero que tiene un enorme valor simbólico, el de que Rusia no está dispuesta a dejarse cercar porque sigue siendo una gran nación. Finalmente, en un gesto de seguridad, Putin puso en libertad a Jodorkovsky antes de cumplir su condena así como a algunas activistas occidentales.

En ese elenco de éxitos, el terrorismo ha decidido, como siempre, dejar su huella ruin de sangre, esta vez, en Volgogrado. A inicios de noviembre de este año, Putin ya firmó una ley que obliga a los familiares de los terroristas a pagar los daños que éstos ocasionen. Los responsables del reciente atentado harían bien en recordar las palabras que pronunció en su día Putin: «Rusia no negocia con terroristas. Rusia los destruye». El terrorismo ha arrojado una mosca de muerte sobre un tazón de leche alba como la nieve de las estepas o la corteza de los abedules. Que no le quepa a nadie la menor duda de que Putin hará que los terroristas beban hasta las heces la copa, nada blanca, de su cólera.