La noria de Coney Island

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Recordaba Jack Rollins, de la pareja de productores Rollins-Joffe, la reacción de Woody Allen al comunicarle que una de sus películas, Annie Hall, había sido nominada por primera vez a los Oscar. «No, no iré a la ceremonia», respondió sin dejar un segundo y colgó el teléfono. Rollins, todavía con el auricular en la mano, se dijo a sí mismo: «Este tío es un genio pero yo no, así que estaré en Los Ángeles y disfrutaré todo lo que pueda». Annie Hall ganó el premio a la Mejor Película de 1977 mientras él ya estaba enfrascado en hacer la siguiente. Ambos productores explicaban el método para hacer una película del autor cuando la United Artists se interesó por comprar/producir una de ellas: «Verán, ustedes nos dan dos millones de dólares, Woody escribe el guión, elige a los actores, rueda y dirige y, pactada una fecha de entrega, ustedes tendrán las latas con la película y el título». La costumbre de su puntualidad es tan firme que solo hay dos cosas seguras en la existencia: la muerte, por un lado, y la película anual de Allen, por otro (y de la primera no estamos seguros). Al ver que un nuevo título llega a la cartelera, se proyecta la sensación de que el tiempo puede detenerse. Esa sensación está entre aquellos que lo siguen desde hace años porque, al margen de la calidad de lo más reciente, de lo último, los partidarios se consuelan con que, al menos, hay cosas que no cambian. Como el que trabaja su jornal en una mina, a la hora convenida, Woody Allen se presenta con una pepita, unas veces más valiosa y otras... El próximo viernes se proyectará «Wonder Wheel», ambientada en el parque de atracciones de Coney Island, situado a los pies de tan insólita playa neoyorquina, en la década de los cincuenta. El Parque, hoy vetusto y descolorido, está a un palmo de Little Odessa, gran suburbio donde la población del este ha hecho su hogar en Brooklyn. Allí, entre las calesas oxidadas y docenas de patos de plástico de tómbolas modestas, está la originaria salchichería Nathan’s, con el contador a punto de los días que faltan para el concurso de «devorahotdogs» del próximo 4 de julio: una obligada horterada. Nueva York es tan poderosa en la imaginación que los turistas son insensibles al horrible olor a podrido en las calles, al pésimo servicio de recogida de basuras, a la sordidez de algunas estaciones de metro, a la degradación de zonas turísticas o a cómo, directamente, se han esfumado otras, Little Italy, por ejemplo, tomada por las fuerzas de ocupación de Chinatown. Si alguien quiere percibir un rastro de ambiente tradicional en Nueva York tendrá que ir al Little Italy pero del Bronx. O al parque de atracciones de Allen, más auténtico cuanto más fingido. Es más, a tenor de la deslumbrante fotografía de Storaro, Coney Island se reabre apurando el cartel de recién pintado. Es decir, lo de siempre: como si no pasara el tiempo.