Restringido

La retirada definitiva

La Razón
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Esta vez parece que se trata de la retirada definitiva. El Partido Popular de Madrid tendrá una nueva dirección en los próximos meses, antes o después de las elecciones generales. Esto facilita la investidura de Cristina Cifuentes en el Gobierno de la comunidad. La sombra de Esperanza Aguirre al frente del partido privaba a la candidata popular de capacidad de maniobra y negociación. La renovación era obligada. Pocos dirigentes de la derecha provocaba más división de opiniones en la opinión pública, más recelo en Ciudadanos y más rechazo en las izquierdas.

Aguirre ha demostrado más talla política anunciando su retirada en las presentes circunstancias que cuando dejó su confortable vida y regresó a la refriega, después de haberse retirado antes, convencida de que podía ganar. Ella misma ha hecho autocrítica para explicar la derrota. Se equivocó de contrincante y de tono. Fue de sobrada en un momento en que se necesitaba más tacto y más humildad. Los fallos anteriores en la elección de colaboradores directos, que acabaron cogidos con las manos en la masa, no fue precisamente la mejor tarjeta de presentación en un momento de especial sensibilidad en la calle contra la corrupción. La filtración de su declaración de la renta, de la que aún se desconoce el filtrador, fue una puñalada trapera y desanimó a muchos votantes que lo están pasando mal. Etcétera.

Una mujer de su talla política y de su bizarría ha sido consciente de que el mejor servicio que podía prestar a su partido tras la derrota era apartarse a un lado. Lo contrario habría sido una obcecación lamentable, un empeño inútil de mantener el pulso a Mariano Rajoy, como antes a Alberto Ruiz-Gallardón y al lucero del alba. Nadie le negará su capacidad de liderazgo y su claridad a la hora de cantar las cuarenta a cualquiera.

También es de justicia reconocer en esta hora dolorosa de la retirada que, bajo su impulso y dirección, el Partido Popular alcanzó en Madrid las mayores cotas de poder. La modernización de la comunidad madrileña en esta etapa, con la mejora de servicios y equipamientos, salta a la vista y, cuando pase el tiempo y ceda el abuso del pensamiento dialéctico, se reconocerá.

El balance, pues, a pesar de la derrota –en realidad una victoria pírrica– y, descontados los casos de corrupción, que son la cruz de su mandato, es positivo. Al final se ha rendido, demostrando que no sólo es capaz de enfrentarse a sus adversarios políticos sino también a sí misma.

Muchos, dentro y fuera de su partido –sobre todo, fuera– lo celebran. Así es la vida. Esperanza Aguirre, cuando ha tenido que acometer, ha acometido, y cuando ha tenido que ceder lo ha hecho con la cabeza alta. Como dice Gracián, «tanto importa una bella retirada como una bizarra acometida».