La sobadora

La Razón
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Hastiado de política, me vuelvo hoy, si no les importa, al pueblo. Les presento mi sobadora. Era un curioso trasto de madera, aquerado, envuelto en polvo y telarañas, arrumbado en un rincón del somero de la casa de Sarnago. De niño nunca me llamó la atención. Llevaría allí siglos. Un día mi hija lo cargó en el coche y me lo trajo. Aquí no corrió mucha mejor suerte. Acabó en el trastero junto a la leñera. En más de una ocasión estuvo a punto de ir a parar al «punto limpio», a lo que me opuse siempre por razones sentimentales y porque el artefacto tenía gracia y todas las trazas de ser muy antiguo. Por lo menos del siglo XIX. Pero puede que tenga, a juzgar por los materiales y su estructura, unos cientos de años más. Acaso estuviera allí desde la construcción de la casa en vida de Cervantes. Quién sabe si fue regalo de boda de alguno de mis antepasados. Esto convierte a la sobadora en una joya de la etnografía, una pieza única, obra de algún magnífico artesano local. Representa la cultura del pan, componente fundamental de la civilización rural, que ahora agoniza.

Hace unos meses un cuñado mío de Toledo, neurofisiólogo y manitas, se ofreció a llevársela e intentar repararla. La ha dejado como nueva: las piezas ajustadas, repuestas las averiadas, libres de carcoma, barnizadas y brillantes. Lista para ser utilizada como cuando salió del taller del carpintero. Ruedan de nuevo sus dos cilindros macizos, puede que de arce, están a punto sus dos volantes de giro, que sirven para emparejar el espesor de la masa, y gira sin roces y armoniosamente la manivela. Ahí la tengo, en lugar preferente del salón. Siempre que la veo me remonto a mis orígenes.

La contemplo como un objeto amable que ha llegado de lejos. Veo en ella los campos dorados de trigo, dispuestos para la siega. Vuelvo a recorrer con el caballo cargado con tres medias de trigo el camino del molino. Contemplo a mi madre amasando en la artesa con un pañuelo blanco en la cabeza. Me envuelve de nuevo el olor del pan recién cocido en el horno familiar. Y quiero hacerme a la idea de que esta sobadora recuperada es un símbolo de la titánica tarea de recuperación de los despojos del mundo rural que queda por delante.