La socialdemocracia en crisis

La Razón
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Hubo un tiempo, allá por 2009 y 2010, cuando la crisis económica iba a acabar con el capitalismo. La crisis era el punto final de la economía de mercado y Marx quedaba reivindicado después del desastre de la caída del Muro de Berlín, aquella gran desgracia para la humanidad. No fue así, como sabemos, aunque los creyentes más firmes lograron reconducir el apocalipsis a una versión light. Ya no se acaba el capitalismo, pero aumentan las desigualdades, la vida laboral es cada vez más precaria y estamos a punto de acabar con el planeta por sobreexplotación de los recursos. En general, todo pierde consistencia y realidad en un mundo desbocado hacia ninguna parte.

Todo hacía esperar, por tanto, que de la crisis surgiera una izquierda reforzada, con más argumentos, un relato –como se dice ahora– más atractivo y consistente, más simpatizantes y afiliados, y, claro está, más respaldo electoral. También, con líderes más sólidos, capaces de articular una posición de fondo ante la nueva situación: no se olvide que pocos años antes había triunfado el «neoliberalismo». La crisis era la revancha imprevista, y bienvenida.

Pues bien, ha ocurrido lo contrario. La crisis y la salida de la crisis no sólo no están trayendo el tan esperado final de la libertad económica. Con ella ha llegado también el retroceso de los partidos socialistas, es decir socialdemócratas en toda Europa.

En Grecia, como es bien sabido, el hundimiento ha sido completo, hasta colocar al otrora glorioso PASOK en la irrelevancia, con un 6% del voto. En Francia, las encuestas no dan al Partido Socialista más del 20%, con unos índices de popularidad históricamente bajos para un presidente, en este caso Hollande, que iba a representar el «hombre normal» tras las salidas de tono de Sarkozy. En Alemania, el SPD no sube de poco más del 25%, y en Inglaterra los laboristas siguen retrocediendo y se han metido en un callejón sin salida con el apoyo de las bases a Jeremy Corbyn, una de esas figuras de avanzada edad que tanto gustan entre los huérfanos de la izquierda. El muy histórico Partido de los Trabajadores sueco, que gobernó su país durante décadas, alcanza el 30% a duras penas, aunque parece haber tocado fondo ahí. Y en Italia, el Partido Socialista, que se derrumbó bajo los escándalos de la era Craxi, sólo ha conseguido salir a flote con un dirigente que está empeñado en defender el sistema desde el centro reformista frente a la ola de populismo. Sólo mediante una alianza con fuerzas más de izquierda consiguen los socialdemócratas resistir el desastre. Así ocurre en Portugal. Es posible que se trate de una realidad precaria y coyuntural.

La socialdemocracia nació hace ya bastante más de un siglo como la fórmula para reconciliar socialismo y democracia liberal. Suscitó el odio y la inquina de los socialistas «científicos», es decir los marxistas –luego comunistas– y los sindicalistas, incluidos los socialistas sindicalistas, como los españoles del PSOE, que blindaron su partido contra cualquier veleidad socialdemócrata considerada burguesa y degenerada, peligrosamente liberal.

La socialdemocracia triunfó a lo largo del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial, demócrata-cristianos y socialdemócratas levantaron el «Estado de bienestar», que ha proporcionado una identidad propia a las democracias liberales de la Europa desarrollada. La primera gran crisis de la socialdemocracia la trajo la revolución moral y de costumbres que conocemos como el 68. La socialdemocracia no tenía ni había tenido nunca nada de revolucionaria: por algo la detestaban los revolucionarios. Era más «redistributiva» y keynesiana que sus oponentes y aliados demócrata cristianos, pero era igual de conservadora en cuanto al patriotismo, la lealtad a la nación, la familia, los valores morales que estuvieron en el fondo del consenso social europeo de entre 1945 y 1970.

Aquello lo empezó a destrozar la nueva corriente antiautoritaria. Luego vino la crisis económica de los años 70 y el colapso del comunismo, que afectaron de lleno a los socialdemócratas porque ponía en cuestión todo lo que tuviera que ver con el concepto de socialismo. Algunos de los grandes partidos socialdemócratas se adaptaron a la nueva situación y preconizaron terceras vías, una nueva colaboración entre lo público y lo privado, control de los déficits, entre otras medidas que contradecían el sustrato keynesiano de su doctrina. La crisis económica de 2007 y 2008 cogió a trasmano a unos partidos que habían dejado de ser socialdemócratas en casi todos los sentidos: en los presupuestos morales y en la política social y económica. El primer punto les permitió –en algunos casos, no en todos, ni mucho menos– adquirir una apariencia de (post)modernidad y envolverse en las nuevas políticas de identidad y de «transtodo», podría decirse, incluida la nación, el género y la estética. No ha tenido fuerza, sin embargo, para compensar el segundo, como se ve muy bien en ese derrumbamiento acelerado de una política socialista postmoderna bajo el mandato de Zapatero.

El problema que se plantea aquí no es, como se suele decir, el de la muerte por éxito de la socialdemocracia, como si esta hubiera agotado su programa. Si así fuera, los partidos de centro derecha estarían sufriendo tanto como los socialdemócratas, y no es ése el caso. El problema consiste más bien en que la perspectiva redistributiva que es la propia de la socialdemocracia tropieza con una realidad que los socialistas se han negado a registrar. Y es que hemos llegado al punto que la «redistribución» impide el crecimiento. ¿Qué se puede redistribuir si no se crece? El problema no tiene solución, y requerirá una perspectiva nueva que rompa con los esquemas previos. Ahora bien, la socialdemocracia es profundamente conservadora –ya lo hemos visto– y no parece dispuesta a hacer un esfuerzo tan serio.