La verdad es lo de menos

La estrategia era sacarle de sus casillas, y en eso los socialistas son verdaderos maestros. El temario pactado entre los equipos de los dos contendientes no era más que puro teatro y, desde el minuto uno del debate, la señora Valenciano puso en marcha la técnica de repetir mil veces la misma mentira hasta conseguir que, para un importante número de los espectadores, se convirtiera en verdad. La técnica es tan vieja, tan conocida, que lo increíble es que un político con la experiencia de Arias Cañete cayera en la trampa. Desde muchos días antes de que se fijara la fecha el ex ministro de Agricultura había comentado a algunos de sus más cercanos su temor porque pasara lo que precisamente pasó. Sin su espontaneidad repleta de sentido común el candidato se iba desdibujando frente a la demagogia inmisericorde, y desprovista del más mínimo pudor, de su contrincante. Una vez más se ha puesto de manifiesto que el PP es especialista en recomponer lo que los socialistas se encargan de romper cuando gobiernan, pero es incapaz de ponerlo en valor a la hora de comunicarlo a los ciudadanos. Cañete llevaba papeles y datos ciertos en un caos organizativo sobre su mesa. Valenciano una serie de fichas con consignas y lugares comunes para dirigirse no al cerebro, sino a las tripas de los votantes. Lo de menos era que sus afirmaciones se compadecieran con la realidad. La verdad para el PSOE siempre ha sido algo completamente secundario, accesorio, y así volvió a quedar patente en la noche del jueves. Cañete sabía que el cliché del machismo consagrado por esa gran estupidez que es lo políticamente correcto, era su talón de Aquiles y su obsesión por evitar que se le pudiera acusar de ello le llevó a estar encorsetado en el debate, y poco afortunado cuando se empeñó, más tarde, en justificarse. Así las cosas a ver cómo los estrategas electorales del PP consiguen que las verdades de Cañete se impongan frente a la demagogia supina de Valenciano. Tendrán que hacer un cursillo acelerado.