Lecciones francesas

La Razón
La RazónLa Razón

Un respiro de alivio recorrió Europa el domingo al conocerse el resultado de las elecciones francesas. Prueba superada, fue el comentario general. El Brexit y las maniobras antieuropeas de Trump y Putin no han logrado su propósito. Al contrario. Los franceses han olido el riesgo y han reaccionado abriendo las puertas del Elíseo al candidato más europeísta y menos dependiente de los viejos y gastados partidos tradicionales. La temida tendencia desestabilizadora no sólo no se ha impuesto, sino que, en mi opinión, tanto el susto del Brexit como el inesperado triunfo de Trump y las oscuras maniobras de Putin, han servido de aviso a la vieja Europa para no caer en el precipicio. Ha sido como una vacuna. La mayoría de los franceses ha visto las orejas al lobo. Se ha comprobado además que en esto los extremos –Le Pen y Mélenchon– se tocan. Entre la una y el otro casi consiguen, con su populismo, dar el zarpazo al sistema democrático establecido y a la Unión Europea. En España, el socio de Mélenchon es Pablo Iglesias, otro peligro público, mientras que el Frente Nacional no tiene correspondencia aquí. La experiencia de los largos años de franquismo ha impedido hasta ahora en España la cristalización de un nacionalismo exacerbado y extremista. Lo más aproximado a esta funesta tendencia ultra es el nacionalismo catalán, aunque presuma todavía de europeísta.

La otra lección francesa ha sido el fracaso de los dos grandes partidos tradicionales: conservadores y socialistas. La crisis del Partido Socialista Francés es especialmente demoledora. En España el PSOE, encajonado entre Podemos y Ciudadanos, sin un liderazgo claro y sin un proyecto ilusionante y bien definido –hoy todo el mundo es socialdemócrata–, lleva el mismo camino que su homólogo francés. Al Partido Popular, herido por el rayo de la corrupción que no cesa, lo salva por ahora el liderazgo y la buena gestión, como gobernante, del presidente Rajoy, y el hecho de que a su derecha no ha surgido aún una fuerza poderosa. Pero debería mirarse también en el espejo de Francia y emprender la acuciante tarea de la purificación y la renovación a fondo, o acaso ir pensando ya en la refundación. El aviso francés para populares y socialistas es claro: o renovarse o morir. El presumible triunfo final del joven centrista liberal Emmanuel Macron, prácticamente sin partido y con el movimiento político ¡En Marche! recién creado, se parece mucho a la aventura política de Albert Rivera, con C,s, una fuerza nueva, creada de aluvión, sin hipotecas del pasado y sin experiencia, bien vista por los mercados y que está en condiciones de seguir creciendo. ¡Quién lo iba a decir! Los franceses confirman lo que algunos creíamos y defendimos con tesón hace tiempo: que en el centro está la virtud.