Lincoln para españoles

La devoción de los norteamericanos por Abraham Lincoln, un republicano en el altar de los demócratas, reverdece estos días al calor de la toma de posesión de Obama y gracias a la película que Spielberg nos acaba de endosar con verdadero espíritu misionero. Razones sobradas hay, sin duda, para rendirse a su legado, que para los españoles encierra al menos dos lecciones específicas: la actitud moral ante la violencia y ante la corrupción. Lincoln se enfrentó durante la guerra de Secesión a un dilema similar al de los políticos españoles frente a ETA: si convenía subordinar los principios éticos (abolición de la esclavitud o no doblegar la democracia al terrorismo, según el caso) para acortar el sufrimiento de la población. El presidente americano fue acusado, por su obstinación abolicionista, de frustrar un pacto con los sudistas y de dilatar innecesariamente la guerra. Del mismo modo, en España se ha acusado de «no desear la paz» a quienes se opusieron a negociar con los etarras. Gracias a que Lincoln se mantuvo firme en sus convicciones morales, la historia de la libertad dio un salto de gigante. En nuestro país aún está por escribirse el final del terrorismo y si será la libertad la auténtica vencedora. En cuanto a la corrupción, la lección de Lincoln resulta paradójica: fue austero y escrupuloso con los fondos públicos, pero no le hizo ascos a ciertas corruptelas para alcanzar sus elevados objetivos. De hecho, de no haber sido porque corrompió a 20 representantes demócratas con cargos y dinero, la enmienda antiesclavista no habría prosperado. La historia avanza en zigzag y no siempre por la senda adecuada. A veces hay que pagar lo que los economistas llaman el «coste de oportunidad». A EE UU le salieron baratos aquellos veinte diputados que vendieron su voto. Me temo que en España los corruptos nos están saliendo muy caros y sin contrapartida alguna. Seguimos siendo esclavos de sus golferías.