Mandela, mito y realidad

Mandela decía que no era un santo y se puede añadir que tampoco fue un genio, pero se sentía cómodo con el aura de excelsitud que lo rodeaba que no dejó de cultivar. Entre el coro de alabanzas que estallaron tras su muerte, no han dejado de aparecer algunas sombras. El auténtico Mandela basta como para que no sean necesarias idealizaciones distorsionadoras, pero su imagen difícilmente va a ser apeada del séptimo cielo en el que se lo colocó, como les sucede a los dos personajes con los que ha sido comparado, Gandhi y Martin Luther King, cuya historia canónica silencia importantes agujeros negros.

La grandeza de Mandela reside en su extraordinaria resistencia a 27 años de cárcel, en casi completo aislamiento, que no sólo no lo quebraron sino que mejoraron su calidad humana. Llegó a ganarse la admiración de sus carceleros, nada proclives al respeto a la gente de color. Con razón, la cárcel lo convirtió en héroe. Reside, desde luego, en su firme convicción, aunque no desde el principio, en la igualdad racial en todas direcciones, lo que le llevó a rechazar cualquier forma de racismo contra los blancos. Esa coherente e inconmovible fe, junto a su gran pragmatismo, que le hizo comprender que los protagonistas del «apartheid» constituían el motor de la riqueza y el avance cultural del país que no había que destruir, hicieron que la transición no tuviera carácter revanchista. El pragmatismo está también detrás de su poco común capacidad de cambio: para llegar a ese punto de reconciliación y al respeto de lo que era sensato económicamente, estuvo dispuesto a abandonar ideas de juventud o de toda una vida.

Esas viejas ideas de las que terminó desprendiéndose y las actuaciones a las que dio lugar distan, en muchos casos, de ser ejemplares. Su condena fue por sabotaje. Su aprecio por la libertad estuvo muy por debajo de su fervor por la igualdad. En un caso de doble militancia, frecuente en su partido, llegó a formar parte del comité central del Partido Comunista surafricano, lo que negó, aunque no ocultaba su admiración por personajes como Lenin y Stalin, que iba más allá del agradecimiento por la ayuda que los suyos recibían de la Unión Soviética.

Otros dictadores los apoyaron, esencialmente por su antioccidentalismo y anticapitalismo, y Mandela siempre fue amigo de Castro o Gadafi. Que en la Guerra Fría el Congreso Nacional Africano (CNA) se hubiese alineado con quien lo hizo perjudicó internacionalmente al movimiento y explica la reticencia que encontró en Estados Unidos y la lenidad con el régimen de discriminación racial. Se ha dicho de su primer sucesor, Mbeki, que contribuyó a la plaga del sida, al negarla, pero eso empezó ya en la Presidencia de Mandela. Pero el mayor de los mitos es el carácter pacífico de la transición. No fue una lucha de blancos contra negros o viceversa, pero la pugna por el poder entre diversas organizaciones negras, sobre todo la entablada entre el CNA y el partido de la etnia mayoritaria Zulú, costó en torno a la enorme cifra de 20.000 vidas. Por desgracia, ésos son también legados que lastran gravosamente la Suráfrica de hoy.