Mayo y Madrid

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Mayo es el mes de Madrid. El uno de mayo se celebraba la manifestación de los sindicatos, que al cabo de los años ha pasado de ser manifestación a pretensión de guateque. El día 2, la memoria del pueblo heroico de Madrid sublevado. El 3, la jornada de la sangre, de las represalias del Mariscal Murat, un cabrón con pintas. Aquel 2 de mayo, el día de la furia, tan magistral y documentalmente resumido por Arturo Pérez Reverte es el día de la contradicción. El pueblo se levanta contra la ocupación francesa y firma su grandeza histórica. Los afrancesados se esconden, y con su cobardía esconden también la modernidad.

Mayo es la Feria de San Isidro, que se inventó don Livinio Stuick. La cita taurina más importante del año. La plaza que da los cortijos y quita las ilusiones. Una plaza excesivamente antipática, y que sólo se endulza cuando no hay figuras en el cartel o torean los rejoneadores. Curioso lo de los rejoneadores, que exigen el aplauso inmediatamente después de hacer el paseíllo. Es decir, que los aplauden por no haberse caído del caballo desde el portón a las tablas del tendido de la presidencia. Y mayo es la Feria del Libro, de la que llevo voluntariamente ausente muchos años, desde que pasó a ser organizada y administrada por un grupo editorial. Pero de la Feria del Libro guardo maravillosos recuerdos, y es la gran fiesta de la Cultura.

Madrid huele a mayo, entre otros motivos, porque estamos en mayo. El mes de las tormentas. Para el gran Chenel, «Antoñete», al que tanto se añora, el mes de las nubes cimarronas que vienen de Toledo. El mes de los vientos en la plaza de toros. Añoranzas del pasado. Antonio Ordóñez, Antonio Bienvenida, El Viti, Curro Romero, Manolo Vázquez. Toreros adorados en Madrid. Así que una tarde, Antonio Ordóñez, el rondeño, llamó a Curro Romero, don Francisco, a su casa de Sevilla. Eran, además de grandes toreros, grandes amigos. Ronda es mucha Ronda, con la serranía clavada en el alma y el tajo de los Gaitanes abriendo paso al agua en su desfiladero. De ahí el cambio de humor e intenciones de los rondeños puros. Y aquel día le sopló un viento esquinado a Ordóñez. –Curro, que estoy preocupado. Eres un torerazo, pero no has matado ninguna corrida de Miura y no vas a pasar a la posterioridad–. Y Curro no pudo dormir aquella noche con las palabras del maestro tamborileando sus sienes. En la mañana siguiente le devolvió la llamada: «Antonio, que lo he pensado muy bien y he decidido no pasar a la posterioridad». –¿Qué diferencia –le pregunté un día en Oriza a Curro con Antonio Burgos de testigo– hay entre un toro más o menos normal y un miura?–. Y Curro no se lo pensó: –Un toro normal es ese señor desconocido con el que te cruzas cualquier noche, le das las buenas noches y él, con simpatía o no, te responde el saludo. Y el miura, es ese señor, muy bien vestido, con aspecto de buenísima familia y de mejor educación, alto, elegante, solemne en los andares, con el que te cruzas, le das las buenas noches y te pega una bofetada que te la llevas puesta. Eso es un miura–. El talento de los grandes toreros, talento de filósofos, ingenio de luces.

Madrid en mayo es una parte de Sevilla en Madrid. Una Sevilla más austera, sin buganvillas, sin jacarandas y sin azahar vencido. Cuando Madrid era centro de la vida política y administrativa de España, la calle de Alcalá resplandecía de andaluces, que iban y venían de un ministerio a otro. Lo escribió Pemán: «La calle de Alcalá, ¡cómo reluce!/ cuando suben y bajan los andaluces». Abril es Sevilla y mayo es Madrid, pero una y otra se confunden, si bien es cierto que el AVE hacia Sevilla sonríe y el AVE hacia Madrid vuela algo más enfadado.

Mayo huele a Madrid. Madrid a mayo. Como anunciaba Antonio Mingote: «Ya se han levantado las flores de los castaños de Indias en el Retiro».

Buen mayo a todos.