Ministro rarito

Rajoy le ha dado pasaporte a Gallardón cumpliendo las órdenes de la vicepresidenta y el matrimonio Arriola. Y ha cubierto el hueco dejado por don Alberto con un ministro muy rarito de acuerdo a sus manifestaciones públicas. «Estoy a favor de la singularidad de Cataluña». Podía haber sido más equitativo y justo, reconociéndose a favor de otras singularidades, pero el ministro Catalá forma parte de ese sector acomplejado del Reino de Valencia que considera óptima la opción de entregarse al catalanismo.

A pesar de lo que dicen sus más enconados enemigos, Alberto Ruiz-Gallardón se ha comportado como un político con dignidad. Rajoy ha desautorizado públicamente su Reforma de la Ley del Aborto –reforma impulsada por Rajoy, manda huevos–, y Gallardón ha dimitido y anunciado su abandono de la política. Renuncia a su escaño. Y da por terminada una polémica y brillante trayectoria en el Partido Popular. Ser elegido con mayoría absoluta para presidir la Autonomía de Madrid y el Ayuntamiento de la Villa y Corte no está al alcance de cualquiera. Se va dejando en manos de un señor bastante raro la cartera de ministro de Justicia. Algo habrá hecho bien.

El ministro Catalá es partidario de reformar la Constitución «para mejorar el encaje de Cataluña». No se preocupa por los millones de desencajados que vivimos y sufrimos en el resto de España. Para él, los únicos a los que hay que encajar es a los separatistas catalanes, porque los catalanes que no lo son, ya están, según él, encajaditos. Nada, el rollo de las Comunidades Históricas. Como si Castilla, Andalucía, Valencia, Asturias, Aragón y Navarra no lo fueran. Catalá es el típico ministro que sólo puede salir del laboratorio de Arriola, ese individuo que no se ha presentado jamás a la libre voluntad de las urnas y manda sobre todos los que eligieron los ciudadanos españoles. Si en un sistema democrático gobierna un tipo que no ha sido elegido por la ciudadanía, el sistema, con toda nitidez, ha fallado. Desde el Presidente del Gobierno al último mono enjaulado en el Zoo de la Casa de Campo, estamos todos a las órdenes de Arriola, que quita, pone, informa, impone, se inventa y tiene al Partido Popular más asustado que don Francisco Romero cuando pensaba en la ganadería de don Eduardo Miura: –Si me darán miedo esos toros, que me asusta hasta saludar a don Eduardo–. Porque Arriola, que percibe ingentes cantidades de dinero del PP –cantidades que jamás se han hecho públicas–, sabe de los entresijos, las esquinas, las alfombras y los cajones de las mesas de despacho de la sede de Génova, absolutamente todo. Y cuando una persona lo sabe todo, como Rubalcaba reconoció de todos los españoles durante su etapa en el ministerio del Interior, resulta peligrosísimo.

Tan peligroso que se ha cargado un partido político tan poderoso y compacto como el PP. Lo ha resquebrajado poco a poco, con la inestimable colaboración de Rajoy y una buena parte de su Gobierno. Ha logrado que Mariano Rajoy incumpla sus principales promesas electorales. Y Rajoy perderá sin duda alguna las próximas elecciones, en tanto que Arriola permanecerá encerrado en su despacho facturando sus estudios y encuestas sociológicas a espaldas del conocimiento general.

Rajoy se marchará de la política con el rabo entre las piernas, y Arriola seguirá engañando a su sucesor mientras el PP se mantenga como partido político, que está por ver.

Los españoles no hemos elegido a Arriola, y Arriola nos gobierna. Es decir, que vivimos en un permanente golpe de Estado antidemocrático. Ha hecho bien Gallardón en marcharse. Y cuidado con el rarito, que puede darnos prontas sorpresas.