Ni sorpresita

Causa sorpresa la sorpresa que ha causado. Para muchos, ni sorpresita. Tenía que llegar el día y llegó, simplemente. Herencia paterna en Andorra y treinta años para declararla y ponerse al corriente. No ha tenido tiempo. No ha encontrado el momento oportuno. Hay que respetar esa falta de disposición temporal y esa búsqueda infructuosa de la oportunidad del momento. Hasta la declaración es una obra maestra del cinismo, que no de la literatura. Se rasgan las vestiduras sus antiguos compañeros de Gobierno, sus partidarios, su gente de confianza y sus viejos votantes. Para mí, que lo sabían, o al menos, lo sospechaban. De no haber llevado hasta más allá los límites de su hipocresía, acusando de anticatalanista a todo aquel que criticara o dudara de su honradez , Pujol hoy me inspiraría pena y misericordia. Pero no. Lo peor de lo malo está por venir. El escándalo de la herencia quedará en agua de borrajas a medida que vayan surgiendo nuevos datos pasmosos de presiones y mordidas. En todas las familias poderosas hay un fresco más fresco que los demás. Pero en esta que decía representar a Cataluña, la competición es impresionante.

Doña Marta –la Marta–, nada sabía. Los hijos ignoraban de qué nube les caían los millones. Llegué a creer en su día que Pujol era un catalanista honesto que se había arruinado durante su paso por Banca Catalana. Esa indignación contra el Gobierno de «Madrit», acusándolo de maniobras sucias, filtraciones a la prensa e imposturas cáusticas, ha pasado de ser una autodefensa personal a figurar como magistral pieza de dramaturgia. El poderoso consigue en España tan alta cota de poder que no entra en su cabeza la posibilidad de la caída. Creo que existe un infección social que no han clasificado los científicos. La enfermedad cotidiana de la anormalidad silenciada. Un padre de familia normal, ante un negocio millonario de un hijo, le pregunta de dónde le ha venido el dinero. Un político poderoso no lo hace porque sabe que la procedencia de ese dinero, normalmente ajeno, viene como consecuencia del quehacer normal de la política. Y la fortuna familiar crece con desmesura, y en la familia nadie se siente preocupado porque creen en su poder omnímodo, en que pueden hacer lo que se les antoje siempre que se enrollen con más fuerza la tela de la señera separatista, siempre que puedan hallar un argumento de justificación en la intolerable, brutal y perversa persecución de «Madrit».

No ha caído Pujol en soledad. Se ha derrumbado el pujolismo, que ha gobernado Cataluña durante más de treinta años, escorándose hacia la deslealtad a fuerza de buscar argumentos que justifiquen la corrupción sistemática de la autonomía más atracada de España. El mensaje de «España nos roba» ha pasado a formar parte de la antología del humor negro. A pesar de todo, en diarios tan exóticos como «La Vanguardia», se nutren sus editoriales de elogios confusos destinados a Pujol. España y Cataluña están en deuda con Pujol. Es cierto, en ocasiones, que Cataluña se ha independizado. Al menos se ha independizado de su capacidad de autocrítica, que no existe. Y no me refiero tan sólo a los partidarios del independentismo y del perroflautismo antiespañol, sino a esos señores tan bien vestidos y mejor educados a los que se puede hallar en El Ecuestre, el Real Club de Golf del Prat, en el Real Club de Polo, en el Círculo del Liceo o en el Real Club de Tenis de Barcelona. No por su entusiasmo por la figura de Pujol, del pujolismo y del nacionalismo, sino por los beneficios que procura la comodidad. «Sabemos que "ens roba", pero nos sentimos cómodos y seguros». No es una posición heroica, pero si perfectamente comprensible.

Hoy están señalados. Por ellos mismos. Y su partido, precipitado hacia el caos. No es justo establecer comparaciones con las altas burguesías catalana y vasca, como tampoco entre sus partidos nacionalistas el PNV y CDC. En todas partes cuecen habas, pero los nacionalistas vascos no entienden la política como un medio para el enriquecimiento personal. En realidad, tampoco creen en la independencia, aunque tengan que hacerlo por estética de aldea. No hay un culpable sólo en la tragedia de Pujol. Centenares de miles de colaboradores activos o silentes le acompañan en sus responsabilidades.

Ninguna sorpresa. Tampoco sorpresita. Tenía que llegar el día, y llegó.