Nuestras mayores

La Razón
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Un estudio último demuestra que ser mujer y mayor de 80 años multiplica el riesgo de maltrato entre las personas mayores. Incomparablemente más que en los hombres, precisa. Porque este maltrato a las viejitas tiene varios frentes y uno de ellos, no menor, es el económico. La mayoría de las mujeres octogenarias no manejan el dinero, es él, cuando tienen marido, el que decide qué se hace y cómo con el vil metal, por lo que a las penurias de la edad se suma el no poder adquirir lo que se desea. Espantoso y tristísimo. Porque a cierta edad, creo yo, las personas se merecen ya hacer lo que quieran, comer lo que apetecen, decir lo que les de la gana. Sin censura, sin verdugo. Qué importante es la independencia en todos los sentidos, qué difícil se lo pusieron a nuestras mayores. Por eso muchas renacen cuando se quedan viudas. Y, entonces, se apuntan a grupos y hacen excursiones y cursos. Van a los cines, a los teatros, y tienen la risa a punto de caramelo. Yo las veo y me admiro. Allí están ellas, sin tener que dar explicaciones a nadie, viviendo lo que no las dejaron vivir. Disfrutando. Lo terrible es cuando esa posibilidad llega tarde y la salud ya no lo permite. Ahí el maltrato se acentúa. Dicen que en un 95% de los casos, el maltratador es alguien del entorno familiar. El abandono, el maltrato psicológico, incluso el físico en un 9 por ciento de los casos, llena la existencia de estas mujeres que se han pasado la vida entera cuidando a los demás. Sociedad necia la que no respeta el lugar de sus viejos. El lugar hacia el que vamos todos.

Paloma Pedrero