Política y oblatos

Antes de convertirse en uno de los Padres Fundadores de EE UU, Franklin había comenzado a trabajar a los 12 años como aprendiz en la imprenta de su hermano, después de haber probado como albañil, carpintero y tornero. A los 15 fundó el primer periódico independiente de las colonias. Con 21 ya tenía su propia imprenta, con 26 fundó la primera biblioteca pública de Filadelfia y con 30, el primer cuerpo de bomberos. Luego fundaría la primera universidad de Pensilvania y después, el primer hospital. Tuvo tiempo también para estudiar los fenómenos eléctricos, enunciar el principio de la conservación de la electricidad e inventar el pararrayos. Y a la par, participó desde la política en la construcción de la nueva nación norteamericana, junto a otros titanes como Jefferson, filósofo, arquitecto, horticultor, músico, inventor, paleontólogo y no sé cuántas cosas más.

¿Qué ofrece la política española hoy? Lo que Leguina llama oblatos: «Dícese de aquel individuo que no ha salido del convento y en él ha trabajado y de él ha vivido». El ex presidente madrileño se sirve de la metáfora para denunciar que la dirigencia socialista «no ha trabajado nunca». Tal cual. Pero, aunque hay unos en peor estado que otros, no existe partido inmune a la enfermedad de la política como única profesión conocida, a la que cada vez llegan más sin haber hecho nada antes y con el currículum en blanco, salvo el medraje en el partido desde la adolescencia.

Anuncia ahora Esperanza Aguirre que el PP madrileño exigirá experiencia previa en algún trabajo como requisito imprescindible para el desempeño de un cargo público. Seguramente no descubriremos a nuestro Franklin, pero al menos nos libraremos de tanto oblato. Por algo se empieza cuando se trata de restaurar la dignidad de la política y recuperar a los mejores para el servicio del bien común.