Rusia

Putin y el mal menor

La Razón
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La sensación de peligro ha bajado. Ayer, en Algeciras, atraparon a un marroquí que se iba a degollar infieles en Oriente Medio, acompañado por su desquiciada esposa española, y el día en que no descubren un zulo en Ceuta, desvelan una siniestra red de sastres islámicos dedicada a proveer de uniformes a los matarifes de Alá, pero la idea de que los asesinos del Dáesh eran imparables, se ha desvanecido. Hasta los más incautos son ya conscientes de que atentarán de nuevo en Europa, pero crece la impresión de que han sido parados en seco, pierden terreno y que, más pronto que tarde, les va a tocar lo suyo. Y gran parte del mérito es de Vladimir Putin, aunque nadie lo diga en voz alta. No es el presidente ruso un modelo moral importable o el paradigma del gobernante democrático, pero está claro que opera mejor en el proceloso escenario internacional que sus educados, opulentos y elegantes homólogos occidentales. Putin no se ha limitado a autoflagelarse. Tampoco se ha conformado con adoptar medidas para mejorar la seguridad aérea y la protección del país. Ante la amenaza, subrayada de forma brutal por los 224 cadáveres rusos que quedaron esparcidos sobre la arena del Desierto del Sinaí hace seis meses, decidió con buen criterio que al monstruo hay que matarlo en su guarida. Sin piedad, sin respiro y sin medias tintas. Ante un espanto similar al del Airbus 321, aquí y en casi todos los países europeos, como deja patente Bélgica, el personal se habría puesto a hacer actos de contrición, a inventarse culpas propias y a rebuscar excusas sociológicas que les permitieran digerir sin sobresaltos la vesánica conducta de los terroristas islámicos. No sé si volverían a mentar la malhadada Alianza de Civilizaciones, pero seguro que darían por supuesto que tendiendo la mano e invocando el diálogo, conjuraban el peligro. Superado el susto y durante un tiempo, vivirían confiados en la idea de que si no se les toca, si no se les molesta y si se procura no ofenderles, los facinerosos no pondrán bombas en los trenes, ni reventaran discotecas, ni ensangrentaran aeropuertos, ni destruirán en vuelo aviones repletos de turistas. Caso error. Nos odian mucho más por lo que somos, que por lo que hacemos. Y a la hora de buscar «motivos», a los fanáticos de Alá les sirven igual unos drones en Siria o unos bombazos en Irak que unos bikinis en la Costa del Sol. Putin, por mucho que duela, ha marcado el camino.