Richard Gere y los chinos

La Razón
La RazónLa Razón

Entrega de los Oscars, 1993. Susan Sarandon ameniza la gala con un justo alegato a cuenta de Haití y sus catástrofes. Igual que su entonces marido, Tim Robbins. Poco después sube a la tarima Richard Gere. Denuncia la hecatombe de los derechos humanos en el Tíbet, carcomido bajo la zarpa china. Saltamos veinticinco años. Sarandon y cía. todavía ejercen en su sacrosanto derecho a despotricar. Tampoco hay gala sin que al gorila Trump le caigan cuatro merecidas leches, cortesía del star system. ¿Y Gere? ¿Alguien recuerda la última película que vio del guapo de pelo argénteo? Si es así, será porque consume en el mercado indie. Ya saben, presupuestos anoréxicos, distribución precaria, abundancia de jóvenes entusiastas y sin currículum, historias al margen del convencionalismo, recepción limitada... Lo cuenta el «Hollywood Reporter». A Gere los chinos, como a Bill Jones en «La isla del tesoro», le han endosado la mancha negra. No hay necesidad de un John Silver el Largo remontando a medianoche el tenebroso camino que conduce hasta la posada Almirante Benbow. Al protagonista algunos de los grandes pelotazos de los ochenta y noventa, inolvidable a las órdenes de Terrence Malick en «Days of heaven», no le perdonan su amistad con los Lamas. Sucede que el mercado chino es ya el segundo en importancia para las grandes producciones de Hollywood. La potencia del Dragón es tal que condiciona quién entra y quién sale de los guiones. No sólo eso. Hace unos años el actor iba a embarcarse en un rodaje con un director chino. Días antes de arrancar recibió una llamada del pobre hombre. «No puedo hacerlo», le dijo. En conversación con Tatiana Siegel, Gere añade que «si hubiera trabajado con este director, él y su familia jamás hubieran podido salir de China de nuevo, y él no habría rodado nunca más». Curiosamente los mismos que fustigan la ignorancia del funambulista de la Casa Blanca callan como monas cuando toca mentar Tíbet. No conviene. No ayuda. Sólo sirve para ganarse la antipatía de los Pequeños Timoneles, dueños de la deuda pública de Occidente. Con un crecimiento anual todavía fastuoso y un arsenal atómico digno de un Gengis Kan turboalimentado, China ejerce como censora en la ciudad de Gary Cooper, John Ford y Steven Spielberg. A Richard Gere, con un patrimonio que el «Hollywood Reporter» estima en 250 millones de dólares, le vale verga. Pero aún así demuestra un coraje inusual para las Grandes Ligas. Tampoco crean que el Tíbet era el Jardín de Eva. Un país cuasifeudal, con una clase parasitaria que vivía de la meditación y, ay, las contribuciones de un campesinado famélico. Pero lo de China no tiene un pase. Bien por Richard Gere, que igual le afea a Israel su política de asentamientos que planta cara al totalitarismo, mientras sus colegas, ciegos de indignación, juegan al pasmarote. Arrearle a Trump sale (más o menos) gratis. Hacer lo propio con la tiranía de Beijing te contagia la peste. Como en los días de Chaves Nogales y Albert Camus, la honradez, el valor, la gallardía, cobran precio y peaje.