Segunda instancia

En España, andamos siempre a vueltas con la Justicia. A vueltas, de vuelta o pidiendo su vuelta. El juez que ayer nos parecía Grande, hoy se nos antoja Pequeño. Nos quedamos pixelados por la sorpresa si encontramos a alguien de justicia, que sólo responda ante esa señora con los ojos vendados, impasible, con su balanza en una mano y una espada en la otra. Ante ella, no frente al pesebre de turno. El duque Alfonso de Ferrara nombró comisario a Ariosto –poeta, poco acostumbrado a andanzas por los serpentinos ramales de la ley– en la región de Garfagnana, donde allá por 1522 –en vez de pijos, casoplones y bellos cipreses toscanos– reinaba una anarquía que podría ser ejemplo de desorden y borriquería. El insigne poeta la gobernó con probidad y se ganó fama de hombre ecuánime que repetía a menudo: «En tanto permanezca en este puesto, no tendré más amigos que la justicia». A un tipo así, hoy en España lo hubiésemos tomado a chufla por la sencilla razón de que no creemos que pueda existir nadie parecido. El español está escaldado. Ésta es la tierra de «El Consejo de Tumultos», otro invento célebre del duque de Alba en su imperioso afán por pacificar los estados de Flandes. El duque no quiso que su consejo estuviese formado por letrados porque, según decía, «los letrados no sentencian sino en casos probados» (¡ah, si levantara la cabeza!...), así que eligió a siete individuos mangoneables entre los que se encontraba un tal Vargas, quien, en España, estaba encausado por estuprar a una huérfana, el capullo. Tal precursor de lo peor de la hez justiciera española juzgó a un reo. Una vez ahorcado, se demostró que era inocente, el pobre desgraciado. Pero Vargas volvió a sentenciar: «¡Ea, Dios ya le absolverá en segunda instancia!».