Setenta años más

La Razón
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Se está celebrando el septuagésimo aniversario del fin de la guerra en Europa, en dos ceremonias diferentes, la de los aliados que recuerdan de modo especial a sus muertos, y la de los rusos que despliegan poderosamente sus armas. Esta separación responde a una realidad pues la URSS nunca se incluyó entre los aliados sino que colaboró en la destrucción del nazismo con el que en 1939 se había unido para repartirse Polonia y algo más. Pero si la guerra es un mal –y de esto no es posible dudar– España debía hacer su propia conmemoración, pues escapó de ella, aunque había influyentes políticos que propugnaban la intervención. Algunos historiadores de nuestros días suponen que durante un muy breve tiempo Franco estuvo inclinado a intervenir; pero la documentación española y alemana conservada no permite afirmar eso; al contrario revela un empeño persistente en ganar tiempo y permanecer fuera. En una de las cuartillas manuscritas conservadas, preparando su entrevista con el Führer incluye dos palabras significativas, «hablar en gallego» lo que significa responder a una pregunta con otra y confundir al interlocutor. Hitler salió de Hendaya profundamente decepcionado y así lo comentó al conde de Ciano: –No quiero volver a hablar con él; no sé si quiere entrar o no.

Por una conversación confidencial con Von Richthofen, el sobrino del famoso barón rojo de la primera guerra, Franco tuvo muy pronto noticia de que el Führer tenía mala opinión de su persona: la consideraba de escasas dimensiones políticas y militares sometido además al clero y se refería a Serrano Suñer como «discípulo de los jesuitas» a pesar de que sus servicios de información insistían en presentarle como persona de confianza. En 1938, cuando la crisis sudete llevó al borde de la guerra, Franco ordenó a todos sus agentes diplomáticos que comunicaran en Berlín y en las demás capitales que España permanecería neutral. Fue para él una fortuna que se retrasase un año la ruptura de hostilidades y que además viniese acompañada del pacto germano-soviético. Se restablecieron las relaciones diplomáticas con las grandes potencias liberales.

Sin embargo la experiencia demostraba que la neutralidad no iba a ser respetada, salvo en la medida en que conviniese a los contendientes. Cuando las divisiones alemanas en 1940 llegaron al Pirineo, se vio el peligro de que entrasen en la Península con permiso o sin él. Franco (sobre todo su hermano Nicolás) y Oliveira Salazar lo vieron muy claro y así establecieron el «bloque ibérico» para reciproca ayuda. Oliveira era amigo de Inglaterra y Franco del Eje. La propaganda en la prensa española puesta en manos de una agencia alemana, equivocaba al hombre de la calle con su exaltada germanofilia.

De hecho sí hubo un plan de la Wehrmacht para invadir España, ya que era necesario para la conquista de Gibraltar, el cierre del Mediterráneo y tal vez el ataque a Portugal. Se llamaba «Plan Félix». Después del fallido encuentro de Hendaya, y cuando estaba bien claro que España no iba a enfrentarse con Francia; al contra rio había trabajado para conseguir que se atenuasen las condiciones del armisticio impuesto a Pétain, Hitler decidió poner su firma al pie del documento militar señalándose la fecha para enero de 1941. En aquel momento Gibraltar dependía en gran parte de los numerosos trabajadores que cada mañana llegaban a la Roca para cumplir su tarea. Nunca se puso el menor inconveniente para esta colaboración cuyas dimensiones aumentaron. En Hendaya el Generalísimo, que había entregado a Serrano Suñer la cartera de Exteriores cuando él, tras un viaje a Berlín, le reveló su convicción de evitar la guerra, tuvo el gesto significativo de rechazar a Antonio Tovar, demasiado germanófilo, como intérprete, empleando al barón de las Torres. Que el lector no interprete mis palabras como ningún acto de censura hacia el famoso filólogo, uno de los grandes universitarios españoles. Pero el cambio es significativo por la diferencia en las opiniones políticas.

El Führer tomó entonces la decisión: sus divisiones cruzarían la Península, aunque sería preferible hacerlo, como en Dinamarca, por las buenas y no por las malas. Convocó a Serrano Suñer a su gran refugio de Bertchesgaden para comunicarle la decisión. Directamente don Ramón explicó el tema años más tarde. Había pensado en principio desobedecer la orden del Führer pero Franco le dijo «tienes que ir porque si no nos los vamos a encontrar en Vitoria». Serrano nos dijo que ante aquel grupo que rodeaba a Hitler cobró temor y, prescindiendo de los argumentos que llevaba preparados, dijo tan sólo: «esto no se hace a un amigo». Y entonces Adolf, buen comediante como Napoleón, se volvió a Keitel y le ordenó retrasar la operación. El español ignoraba que las derrotas sufridas por Italia obligaban a transferir a los Balcanes divisiones acampadas en Francia. Escuchando al antiguo ministro yo no pude evitar darle las gracias: siendo entonces un muchacho joven tal vez hubiera perdido la vida sin su prodigioso logro en aquel refugio de los Alpes.

Muchas otras vidas se salvaron también por razones distintas ya que las fronteras permanecieron abiertas para cuantos conseguían escapar a la persecución nazi. Varias veces me he referido al caso especial de los judíos. A nadie se rechazaba ni devolvía. Pero además en el caso de los sefarditas dinero y personas se pusieron en juego para rescatarlos. Los aliados así lo reconocieron, especialmente Churchill, que llegó a explicar los valores de la neutralidad española ante la Cámara de los Comunes. Pero el reconocimiento más expresivo vino del Papa Pío XII, que en cierta ocasión aludió a la Providencia que había salvado a España.

Tampoco podemos imaginar esa no beligerancia o neutralidad como fácil. Constantemente alentaba el temor de que no fuese respetada. El envío de la División Azul –una unidad militar a fin de evitar el restablecimiento de Milicias – puso a España al borde de la guerra. Sin embargo a la larga su valor, su clemencia, y también la vía que ofreció a algunos frentepopulistas para pasarse al ene migo, superaron el riesgo. Al hacer un balance general tenemos que concluir que, para los aliados, por ejemplo, fueron muchos más los beneficios que los errores que entonces se cometieron. Europa debe gratitud, y muy profunda, a España, por esta conducta.