Siempre corbata

He leído el formidable artículo de Antonio Burgos en ABC «¿Con o sin? (Corbata)», y adelanto mi casi plena coincidencia con el contenido y mensaje de su texto. A los toros, cuando se ocupan asientos en los tendidos de sombra, hay que ir con chaqueta y corbata, los hombres, claro. Antonio Ordóñez Araujo, el más grandioso de los toreros, me invitó al callejón de la Plaza de Toros de Ronda en su última goyesca. Acudí con corbata, vestido de dulce, como es de suponer. Al maestro le incomodaba el despechugue: «Cuando te invitan al callejón y vienes sin corbata, se le falta al respeto al que invita y al callejón».

Ahora que en mayo ha comenzado la Feria de Abril de Sevilla –extraña circunstancia–, y se avecina el serial madrileño de San Isidro, a cuento viene tratar de todo esto. Escribe mi compadre barroco que la de Sevilla era la plaza donde los hombres se presentaban mejor vestidos. Se olvida de la plaza de Toros de Bilbao.En Bilbao la gente se vestía y se viste para «ir a los toros». Y en San Sebastián, en la vieja plaza del Chofre, con su ruedo gris de melancolía, en cuya puerta principal era inevitable el encuentro con Luisa, la florista más viajera y empecinada de España. Luisa estaba en todas las salsas y en todas las ferias, y ha sido la mujer que más ojales ha penetrado con tallos de claveles, alhelíes y rosas de pitiminí. En una tarde de bronca donostiarra, Antonio Bienvenida, tan señor como torero y viceversa, me hizo este comentario en el Hotel María Cristina: «Menos mal que me han comprendido los tendidos de corbata». Porque un varón que acude a los toros con chaqueta y corbata no insulta, ni lanza almohadillas al ruedo, ni se acuerda del padre y la madre de quien se termina de jugar la vida.

Mucha parte de la culpa del actual desaliño indumentario en gentes cuyos padres no eran desaliñados, la tiene la plaza de toros de Madrid. Reparen en un detalle. Nadie ha retransmitido los toros como Manolo Molés, sus acompañantes y Canal Plus. Y Manolo, el maestro Chenel, Emilio Muñoz, Manuel Caballero, y el gran rejoneador Manuel Vidrié, olvidaron jamás su corbata en casa por tórrido que fuera el calor de la tarde. La torería es arte, riesgo, afición, música, danza, cercanía de la muerte, y por ello, hondo respeto. Ir despechugado a los toros equivale a reconocer un evidente grado de ordinariez. –Es que sudo mucho–; –pues sude con corbata que para algo ha ido usted a un colegio de pago–.

Madrid ha contagiado. Se llenan sus tendidos de sombra de «gente con corbata» los días de cartel grande. Pero no es gente con corbata de raíces taurinas, sino de reportajes de revistas del corazón. Los tendidos de sombra de las plazas de toros son espacios donde el buen gusto y la mejor educación imperaban. La aspereza de Las Ventas y su punto de chabacanería han infectado a aficionados que antaño parecían inmunes a las nuevas moditas. Los que ocupan asientos en los tendidos de sol hacen muy bien en ir despechugados, porque la estética de una plaza de toros abarrotada de público exige la belleza de los contrastes, y porque en Sevilla, en pleno mayo, sentarse al sol con corbata no es sinónimo de elegancia, sino de absoluta necedad.

Pero en la sombra hay que encorbatarse, florecer los ojales de las chaquetas y respetar con el silencio las malas tardes de los toreros.

No todas las costumbres de nuestros antiguos son despreciables. Lo despreciable es abrazar la comodidad en perjuicio de la armonía. Totalmente de acuerdo con Antonio Burgos, aunque se le haya olvidado la plaza de toros de Bilbao, la más rumbosa y elegante de España.