Terco por receta

Menos de lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. 29 días, apenas un febrero bisiesto, es lo que ha durado el euro por receta en Madrid. Y ya que estamos «sabineros», cabría decir de la tasa del «terco por receta» que «tanto la quería, que tardé en aprender a olvidarla, 29 días y 500 noches». Muchos votantes del PP estaban descubriendo en la intimidad, que es como mejor se disfrutan estos vicios, el gusanillo socialdemócrata que le entra a uno cuando se hace insumiso aunque sea en el mostrador de una botica. Un abuelo del barrio de Salamanca empieza haciéndose objetor farmacéutico y quién sabe si el siguiente paso puede ser comprarse un palestino, una flauta y un perro, y abrazar a Tomás Gómez. Bueno, esto último es más complicado. Por eso, para evitar tentaciones que sólo pueden desencadenar que el buen hombre que nos sirve de ejemplo acabe diciendo «queridos nietos y queridas nietas» lo mejor era matar ese gusanillo. Y el gusanillo se lo ha «cargao» a gorrazos el Constitucional, que si bien no nos ha sorprendido, sí que le ha dado una alegría –ya veremos si temporal– a muchos madrileños. A Ignacio González el Gobierno central no se lo está poniendo fácil: es como el chiste de «tú lo que quieres es que me coma el tigre ¿no?». Porque por un lado no le da y por otro le quita. Menos mal que son del mismo partido porque estamos a un tris de recuperar el discurso «Zapatero asfixia a Madrid». Y donde dije Zapatero, diga Mariano. Pero de ahí al euro por receta hay un gran trecho que sólo se justifica con esa cierta cabezonería de mantener una tasa que tenía todas las papeletas de no pasar el filtro del Constitucional.