Tiempos inciertos

La Razón
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Estaba cantado, Manuel Moix ha durado en Anticorrupción menos que una colilla en la puerta de Carmena. Dice José Antonio Maza –qué gran apellido para un Fiscal General– que en el comportamiento de Moix no hay nada ilegal, y que por lo tanto, deja el cargo por motivos personales, pero no es cierto. Moix se va porque vivimos tiempos inciertos en los que parecer es sinónimo de ser, y sospecha, de culpabilidad; en los que hablar de tolerancia no impide señalar con el dedo y donde la paja en el ojo ajeno anula cualquier viga que se precie. Se quejan los políticos de que esta situación es intolerable, que a este paso nadie va a querer dedicarse a la vida pública, en su mejor sentido, y de que estamos evolucionando hacia un Estado inquisitorial donde todo se juzga a la tremenda. Tienen razón. Sin embargo nada es gratuito, y si hoy, además de un entrenador de fútbol y de un presidente del gobierno, hay también dentro de cada español un Torquemada es porque algunos han usado su cargo como plan de pensiones para ellos y sus descendientes y porque confiábamos en que las cosas funcionaban más o menos bien hasta que alguien se ha puesto a sacudir las alfombras y lo que sale de debajo no es un poco de polvo sino cuarto y mitad de Sahara.

Nos estamos pasando de puristas pero la culpa no la tenemos los demás sino los que han estirado tanto la goma que, cuando se ha roto, la distancia entre el cero y el infinito se ha ido a hacer gárgaras, provocando que la presunción de culpabilidad se haya convertido en dogma, los presuntos en condenados y un fiscal anticorrupción en un proscrito con un cuarto de chalet en Collado Villalba.