Un jugador en jaque mate

La Razón
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Lo define muy bien un veterano dirigente de Convergència, que trabajó largos años en la Generalitat: el discurso de investidura de Artur Mas es la alocución desesperada de un jugador en su última apuesta. Como en una desafiante partida de ajedrez, Mas ha lanzado un jaque mate. Primero, acorralado. Y después, en un intento de convencer a la CUP, un canto extremista que le permita salvar su tercera aspiración a presidir el Gobierno de Cataluña. Querellas, acosos, miopía, estado imperial y todo tipo de soflamas contra Madrid para convencer a quienes le han vetado desde el principio. «Un auténtico horror», en palabras de algunos de sus todavía consejeros en funciones. Críticos, pero cobardes, porque nadie dimite de sus puestos, denuncian en los partidos constitucionalistas.

Bajo la sombra totalitaria de quien no tiene la mayoría absoluta de los catalanes, pero la reclama. En un grito y mensaje radical, nada que ver con su partido. Sabedor de un último desafío y olvidadizo de los verdaderos problemas de los ciudadanos de Cataluña. Si no vence, ni convence, a Mas no le quedan otras opciones: o nuevas elecciones, o ceder el paso a una antigua sindicalista para nada querida en la actual cúpula convergente. «Que nadie juegue con mi nombre», reitera Neus Munté con la boca chica, atisbando algún movimiento radical que la apoya. Ya lo dijo Jordi Pujol, embarrado en sus escándalos familiares: «No era esto, no era esto». Pero lo es, para desgracia y escarnio de una Cataluña empobrecida y una España indemne a su ruptura.

El espectáculo ha sido bochornoso y el discurso de Artur Mas esperado, previsible, radical, victimista y, tal vez, poco efectivo para unos cuantos antisistema que le tienen en sus manos. «Si yo tengo que salir con estos votos, me voy a mi casa con dignidad», dice un veterano convergente desolado ante el panorama y las palabras casi salvajes de la representante de la CUP en el debate. Desde un análisis político, Mas está en el alambre. Bajo un prisma psicológico, agotado. Y desde todos los puntos de vista, casi amortizado. Le queda un pequeño margen en estos días, pocos y agitados.

Dicen que el pasado viernes, en una reunión con su familia, atisbó un tirón de toalla. Si las cosas se ponen feas, puede convocar elecciones o retirarse. Lo que ya parece difícil es una nueva jugada en el tablero del poder. La partida de ajedrez llega a su fin para un Artur Mas en una arriesgada jugada de ida y vuelta. La primera está hecha, pero a la segunda ya nada le queda.