Una Cataluña indignada

El escándalo de Jordi Pujol y su familia ha provocado una enorme indignación en Cataluña. Nadie podía imaginar que un político que había sido un referente, hasta para los que discrepaban de sus ideas políticas, tuviera una ética deleznable que le llevó a perjudicar, incluso, a su única hermana. En la hipótesis de la herencia paterna, que nadie se cree, mostraría el comportamiento de alguien que deja a esa hermana y a su familia sin un dinero que legítimamente les correspondía. A esto se añade el carácter de defraudador en una persona que durante 23 años fue presidente de la Generalitat y, por tanto, la máxima autoridad del Estado en Cataluña. Es una doble vara de medir que muestra más a un delincuente que a una persona honrada. No me resulta grato escribir sobre este comportamiento de Pujol, porque soy uno de tantos catalanes que contemplan estupefactos el alud de informaciones sobre las prácticas corruptas de esta familia. Ahora tenemos que confiar en que la Justicia actúe con rapidez y eficacia para determinar lo sucedido durante estos 34 años que han transcurrido desde que Pujol asumió la presidencia de la Generalitat. Es necesario saber si existía una trama corrupta, como todo parece indicar, que amasó una enorme fortuna con el cobro de comisiones que causaron un gran perjuicio al erario público. Hasta el momento estamos viendo el comportamiento de un «conseguidor» que se movía como si fuera un señor feudal en la Administración catalana amparado por el poder de su padre. Lo sucedido explica que la inmensa mayoría de catalanes se sienta estafada por el ex presidente catalán y que quiera, además, que sea juzgado. Me temo que nunca recuperaremos esas cifras multimillonarias obtenidas por medio de comisiones ilegales. Es muy significativo que la sociedad catalana crea que el origen de esa fabulosa fortuna sea una consecuencia, precisamente, de prácticas ilícitas y que nadie crea que responda a una herencia. Han pasado muchos días y Pujol mantiene un silencio que explica muchas cosas. No era difícil mostrar el documento donde Florencio Pujol consignara esa donación, así como los apuntes bancarios que avalaran las afirmaciones del ex presidente. Nada de eso ha aparecido. La «senyera» le ha sido muy útil a Pujol a lo largo de su exitosa carrera política, pero todo indica que también a su familia a la hora de escalar no el Tagamanent, sino en la construcción de la que podría ser la mayor fortuna de Cataluña. Es cierto que el proceso soberanista queda desacreditado, aunque Mas intente minimizar los efectos del escándalo y sus colaboradores hablen de fundar un partido que fue una obra personal de Pujol. Es curioso observar cómo se crecen ahora aquellos que temblaban ante su presencia y lo tenían en un pedestal. Otro aspecto significativo del sentimiento de los catalanes es la existencia de una mayoría que considera que Mas debería dimitir. Es lo que hubiera sucedido en los países de nuestro entorno, pero ya se sabe que la anomalía catalana llega a extremos sorprendentes. El actual presidente de la Generalitat y líder de CiU ha quedado profundamente desacreditado por este escándalo porque fue elegido sucesor por el dedo de Pujol y su familia. No hubo ninguna razón de peso para su caprichosa designación frente a candidatos más valiosos, como era el caso de Duran Lleida. La familia quería que guardara el sitio a Oriol Pujol hasta que fuera presidente.