Viajeras gorronas

La Razón
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Viajar por el solo hecho de moverse y cambiar de aires es de paletos. He viajado mucho y ahora me aburre. Lo escribió Chesterton: «Todo es más feo que en las postales». A mí, por ejemplo, la Plaza de San Pedro en el Vaticano, a primer golpe de vista, se me antojó pequeña. Y ha descendido el nivel de consideración y amabilidad en los vuelos y en los aeropuertos. El tren es otra cosa, mucho más afable y romántico. Abundan las opiniones adversas a las ventajas de viajar. Santiago Rusiñol acertó plenamente: «Si fuera cierto que viajar enseña, los revisores de billetes serían los hombres más sabios del mundo». Los viajes en avión tienen sus inconvenientes, según Boliska y Álvaro de Laiglesia, el gran director de «La Codorniz». Para Boliska «el viaje en avión consiste en horas de aburrimiento interrumpidas y amenizadas por momentos de completo terror». Y Álvaro de Laiglesia, con toda la razón del mundo, apuntó que «lo malo de viajar en avión es que al pasar por Astorga no puede uno comprar mantecadas». Orson Welles, el formidable cineasta cuyas cenizas descansan entre los dos grandes tilos de la casa rondeña de Antonio Ordóñez, advertía de las bandejas de comida en los aviones. «Si es marrón, es carne; si es blanco, es pescado. Si es de otro color, ni lo pruebes». Y Martha Zimmerman recurrió a Dios: «Si Dios hubiese querido que viajásemos en clase Turista, nos hubiera hecho más estrechos».

Porque hay una gran diferencia entre la clase Turista, la Preferente y la Primera clase. La intermedia es la que disfrutan nuestros representantes populares. Es considerable la diferencia del precio del billete entre la Turista. Y la Preferente en los vuelos domésticos. En el caso de transoceánicos, la diferencia es abismal. Por marzo era cuando tres viajeras paletas y no menos gorronas decidieron conocer Nueva York a costa del Congreso de los Diputados. Doña Ángeles Rodríguez, de Podemos, doña Teresa Jordá de ERC, y doña Marta Sorlí de Compromís. Nadie sabe para qué viajaron a Nueva York, aunque los más avispados intuyen que lo hicieron para hacerse una fotografía con la Estatua de la Libertad como fondo, subir a la terraza cimera del «Empire State», y comprar alguna cosa en la Quinta Avenida, que es la avenida que sale mejor en las películas. La factura del capricho, que hemos pagado todos los españoles, ascendió a 39.474 euros, que a ojo de buen cubero, al viejo cambio son, céntimo arriba, céntimo abajo, ocho millones de las antiguas pesetas. Así lo ha confirmado la administración del Congreso de los Diputados con unos pocos meses de retraso.

Las tres viajeras, a preguntas de sus compañeros de escaños, se mostraron encantadas y maravilladas en su retorno a Madrid. A una, lo que más le gustó fueron los rascacielos. A otra, el «Central Park», a pesar de que en marzo aún no ha comenzado el renuevo de las hojas. Y a la tercera, y sospecho que se trata de la diputada de ERC, lo mucho que se parece Nueva York a Barcelona. Y lo que menos, la cantidad de gente que habla en español. En ese aspecto, Nueva York se les antojó «insupartapla».

Me parece bien que viajen. Viajar a tiempo tiene una ventaja. Que se desmoronan o pierden fuerza los mitos aldeanos. Sucede que con anterioridad a Nueva York, hay que conocer mejor la nación propia. Sevilla, Córdoba, Salamanca, Ávila, Segovia, Santiago de Compostela, San Sebastián, y demás ciudades españolas merecedoras de un instante de atención. Pero no voy a representar el papel de Pepito Grillo. ¿Les hacía ilusión Nueva York? Pues a Nueva York de gorra. ¿Qué son 40.000 euros a cambio de su felicidad? Nada de nada. Y menos, si no salieron de sus bolsillos.