Yo, Leonor

Es que no puedo más de pastel, de verdad. Yo es que no puedo más y a ver si llega mañana y es lunes y cambia la semana y acaba esta tortura de los diez años de la pareja que estoy de amor hasta el moño. Entre el madrugón del otro día para hacer foticos sonrientes, los especialistas en la cosa, los biógrafos, las revistas, las escenas cariñosas, el álbum de la boda, la musiquica esa que hizo el de Mecano y los especiales de la tele, es que voy a meter la cabeza en un cubo y no asomaré el gaznate hasta que pueda fugar con uno de la guardia suiza. Si es que esta familia no hay manera de enderezarla. Qué les hubiera costado irse una semana, eh, a uno de esos viajes privaditos que tanto les gusta, y regalarse joyones y comer jamón del bueno. Pues no, a la ganga, a la oferta, a lo barato. Se me van a Toledo a ver cuadros y acaban cenando y tratando a los demás como iguales. Hombre, a mí me ha hecho muchísima gracia que terminaran el aniversario en el Matadero. «Ahí has hilado fino, padre». El capón de mi madre fue de chichón y aún me palpita la cabeza. Total, que me fui a mi cuarto a ver en soledad los cinco mil suplementos torrezno que le han hecho al matrimonio estos días. Vino Altibajos a decirme si me apetecía un filete ruso y me pilló con el dedo mojao pasando las páginas. «Hija–le dije– te estoy viendo y no te reconozco casi. Qué cambiazo has pegao». Yo creo que este verano voy a ver la playa en postal.