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Europa necesita una Alemania estable

Tiempo de lectura 4 min.

18 de agosto de 2019. 23:59h

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18/8/2019

Alemania acusa desde hace meses los síntomas de un período de inestabilidad política interna y desaceleración económica que preocupan a las cancillerías de la Unión Europea y han hecho saltar las alarmas de los sectores financieros, muy escépticos a la hora de considerar que la Francia que preside Emmanuel Macron pueda ejercer el papel rector de Europa que, hasta el momento, ha desempeñado Angela Merkel. Si bien la actual canciller y su Gobierno de gran coalición tienen mandato electoral hasta 2021, tiempo más que suficiente para que se despejen algunas de la incógnitas que, hoy por hoy, lastran la confianza internacional, como la reelección de Donald Trump, por citar un ejemplo, lo cierto es que la percepción de los ciudadanos alemanes, con independencia de su adscripción ideológica, es que se hallan ante un final de ciclo político que circunstancias extraordinarias, como las dudas sobre la salud de su canciller o la probable implosión de la socialdemocracia, pueden adelantar. En este sentido, las diversas encuestas electorales germanas coinciden a la hora de otorgar fuertes avances al partido de la extrema derecha populista Alternativa Por Alemania (AFD), –que ganaría las elecciones regionales en Branderburgo, Sajonia y Turingia, estados federados de la antigua Alemania comunista– y a los Verdes, en detrimento de la CDU y de una socialdemocracia, el SPD, que no deja de acumular fracasos en la urnas. Si a ello le sumamos que la economía da señales de agotamiento con una nueva contracción del PIB germano y sensibles caídas en el superávit exportador, que repercuten desfavorablemente en el conjunto de la UE, se entenderá que el gigante europeo, el que, pese a quien pese, ha liderado con éxito la difícil travesía de la crisis, se vea impelido a ocuparse más de sí mismo. Entre otras razones, porque es lo que van exigir, cosas del populismo, a sus políticos unos electores convencidos de que la mayoría de sus socios son unos derrochadores que viven por encima de sus posibilidades, mientras que los alemanes sufren las consecuencias de las políticas de austeridad impuestas por la gran coalición de Merkel. Que no sea cierto, puesto que Alemania ha cimentado su crecimiento y su fortaleza financiera gracias al gran mercado comunitario, no significa que no vaya a operar en el futuro sentido del voto. Incluso los anuncios de una mayor flexibilidad en materia presupuestaria que se hacen desde diversos sectores de la industria y las finanzas producen el efecto de un rectificación tardía. Que la crisis de estabilidad alemana puede cristalizar en un plazo corto, tras las elecciones regionales de otoño, no es una hipótesis descabellada. Coincidiría, eso sí, con las convulsiones de un Brexit sin acuerdo, el estancamiento comercial por el enfrentamiento entre Washington y Pekín, y, por supuesto, con las crisis políticas domésticas de España e Italia, de consecuencias impredecibles, según se resuelvan en uno u otro sentido. Ya señalábamos al principio que el presidente de la república francesa, como se vio en el reparto de los cargos comunitarios, pretende tomar el relevo alemán como locomotora de la Unión Europea, pretensión que ni los sectores empresariales ni la mayoría de los representantes políticos consideran viable. Francia tiene demasiado problemas internos sin resolver, como el grave desequilibrio presupuestario del sector público, que lastran tan altas expectativas. Lo que Europa necesita es una Alemania fuerte y estable que mantenga su actual liderazgo, al menos, mientras no remitan los embates económicos y la marea populista. Y conviene resignarse a pensar que el viejo aliado norteamericano no será en estos momentos una ayuda, sino un obstáculo. Al menos, mientras permanezca un Trump que sólo mira por sus intereses.

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