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PP y Cs, adversarios y aliados

Tiempo de lectura 4 min.

17 de julio de 2019. 00:01h

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16/7/2019

Desconocemos si Pedro Sánchez y su consejero áulico tienen anotado en su agenda política la celebración de elecciones el próximo 10 de noviembre. Es una posibilidad, cuentan con ella y en muchos momentos parece que sólo trabajan para ello. Desde luego las negociaciones entre PSOE y Unidas Podemos para dar forma de gobierno a la «mayoría progresista» no puede ser más desastrosa, al punto de que si al final Pedro Sánchez y Pablo Iglesias llegasen a un acuerdo, el Gobierno nacería débil e hipotecado por la disputa y desconfianza que han mostrado sus máximos exponentes con momentos de obscenidad política nunca vistos hasta ahora. La situación es, sin duda, excepcional porque el candidato socialista y presidente en funciones está reclamando la abstención del centroderecha –PP o Cs– para que eche andar un Gobierno cuyos socios están en las antípodas en cuestiones de Estado: frente al desafío independentista y en el cumplimiento del compromiso de gasto marcado por la UE. Además, se permite el lujo de decir que si sale investido con el apoyo de los independentistas será responsabilidad de Pablo Casado y Albert Rivera, cuando será muy fácil deshacerse de tan indeseables socios: no aceptando su votos. Pero la estrategia realmente disparatada de Sánchez no debe llevar a confundir a PP y Cs, al punto de que vuelva a plantearse que ambos partidos deberían ir en coalición, siguiendo el ejemplo de Navarra Suma. Antes que nada, habrá que decir que este era un caso especial, que contaba con el papel clave –y los votos– de los históricos foralistas de UPN y que el objetivo era dar forma a una mayoría constitucionalista real frente a un acuerdo vergonzoso de los socialistas con los abertzales vascos. Las pasadas elecciones del 28 de abril dejaron claro que cuando de manera muy optimista los sondeos anunciaban que el centroderecha tenía la mayoría –sumando, además, a Vox–, cuando los tres partidos defendían como es lógico sus posiciones y buscaban votos en el mismo caladero, era producto de un análisis irreal. Otra cosa es que en algunas circunscripciones se plantearan candidaturas para el Senado, en contra de aquella peregrina teoría de que para llegar a la Cámara Alta bastaba con sumar las partes. Todo indica que el pulso entre PP y Cs se va a mantener por la razón de que ambas formaciones pugnan por un mismo sector del electorado al haber renunciado Rivera al votante del centroizquierda o que oscila entre socialistas y naranjas. La situación de este partido se ha agravado precisamente por querer disputar al PP la titularidad de la oposición al Gobierno socialista, una posición que ha descosido las costuras del partido y, sobre todo, ha dilapidado todo el encanto que podía tener para muchos electores como un partido moderado, liberal y progresista. En un reciente sondeo de NC Report ya se apuntaba que de los tres partidos del centroderecha sólo los populares crecían en votos y lo hacían, además, de una manera significativa, que, por lógica, supone el descenso de los otros dos. Del 16,7% actual, el partido de Casado pasaría al 20,2%, lo que supone 3,5 puntos más. Por otra parte, Cs caería del 15,9% al 14,9%, un punto, lo que le aleja de su soñado sorpaso y superar al PP hasta dejarlo reducido en un partido irrelevante. El objetivo era ambicioso, pero minusvaloró la solidez de un partido que ha sido clave para la gobernabilidad de España y que en estos momentos de inestabilidad está demostrando tener más sentido de Estado que el resto. Puede que así lo puedan ver ahora los electores de Vox, ya que, siguiendo la misma encuesta, pasaría del 10,3% a 8%, lo que supondría una merma importante en diputados. El PP está demostrando tener un discurso más sólido –incluso si se abstuviera para hacer presidente a Sánchez– y es lógico que quiera contrastarlo en solitario en las urnas.

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