Editorial

La Mesa del Congreso, un test de legislatura

La suerte de la Mesa del Congreso, órgano que siempre está llamado a jugar un papel clave en la legislatura, se juega en estos días de intensas negociaciones por la particular aritmética parlamentaria que no certifica bloques claros ni mayorías incontestables

La suerte de la Mesa del Congreso, órgano que siempre está llamado a jugar un papel clave en la legislatura, se juega en estos días de intensas negociaciones por la particular aritmética parlamentaria que no certifica bloques claros ni mayorías incontestables. Hay mucho en juego, especialmente por lo que pueda suponer de toque de atención y ensayo sobre las exigencias de los separatistas en los procesos parlamentarios que se sucederán. La retirada de Meritxell Batet, voluntaria o forzada, ha dejado vacante el puesto de aspirante de la izquierda a un cargo crucial como el de la Presidencia del Congreso de los Diputados. Son jornadas de presiones e intereses cruzados con el propósito principal de satisfacer a los independentistas, acercar posiciones y relajar las exigencias principalmente de Carles Puigdemont a cuenta del futuro de la tercera autoridad del Estado, que no es baladí. En ese objetivo, Moncloa ha puesto en juego a la Fiscalía sanchista del Constitucional para reconducir después del verano el rechazo al recurso contra la orden de detención del Tribunal Supremo y que sean Pumpido y los suyos los que hagan el trabajo y alivien la presión sobre el prófugo de la justicia atrincherado en Bélgica. Como se aprecia, tras el cedazo de las generales que atravesó a duras penas, el sanchismo campa por la democracia con la arbitrariedad por bandera y con la disposición de sus peones en las más altas magistraturas al servicio de su ambición de poder. Tal es el calibre de la degradación del estado de derecho que la izquierda al mando ni siquiera disimula o se manifiesta cautelosa, sino que su complejo institucional se desenvuelve al unísono en todos los ámbitos con una disciplina bárbara, y por lo demás escandalosa. Como con la investidura, los socios del presidente en funciones entienden como cerrado su control del órgano de gobierno de la Cámara Baja, e incluso alguno se ha arrancado con la idea de que el sillón sea ocupado por un separatista. No parece que Sánchez comparta la tesis de regalar ni compartir más control institucional del que sea preciso. En todo caso, existen derivadas menos complacientes con la euforia de la izquierda. Como partido más votado, la probabilidad de que el presidente del Congreso sea un diputado del PP no es menor. Como tampoco que los equilibrios, en principio inalterables, giren hacia mayorías impensadas. En los escaños separatistas hay confusión, enredo, intereses creados y cuentas que ajustar. Puigdemont, por ejemplo, ganaría con una frustrada operación de Sánchez en la Mesa del Congreso para fortalecer su capacidad de chantaje ante una hipotética investidura. Cuanto peor, mejor, es un principio básico del secesionismo. El test de las Cortes apunta a termómetro del escenario político. Sánchez lo podría haber evitado si no hubiera decidido excluir al grupo que cuenta con el mayor respaldo de los españoles en pos de una democracia personalista de poder absoluto.