El autor y sus personajes

El postismo es una realidad estética indudable, y me honro de haber sido sugestionado por el mismo. Yo por aquel entonces quería ser pintor. Y lo fui, sobre todo durante mis años parisinos. No un pintor postista exactamente, ya que éste fue un movimiento más que nada literario, aunque reconozco haber hecho intentos de aproximación plástica a sus postulados

La Razón
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El doctor en Medicina Don Antonio Chicharro Papiri, velando por la memoria y el buen nombre de su padre, cabeza del postismo, se armó de valor y terminó apelando al director del Museo Reina Sofía, Borja Villel. Rápidamente, Villel se informó y decidió hacer una exposición sobre las vanguardias artísticas en la España de los años cuarenta del pasado siglo, dedicándole un espacio propio al ya olvidado postismo, curioso fenómeno revolucionario surgido en plena dictadura. ¡Osana, se ha recuperado el postismo! Yo asistí a su consagración y formulación definitiva.

Los dos grandes poetas, Chicharro hijo y Carlos Edmundo de Ory, se hicieron amiguísimos, sin la menor connotación sexual. Intelectuales seducidos el uno por el otro. Todo un complejo cerebral. Se desafiaban a ver qué hallazgo deslumbrara y epatara más y mejor al otro. Recuerdo un verso de Chicharro que decía: «Yo te doy mis cúpulas, guárdalas, cuídalas, ámalas, góndolas, lámparas...». Juzgue el lector. Tal era su afán innovador que llegaron a transformar en verbos los sustantivos.

De internet extraigo los «Cinco Poemas Edmundianos», como muestra material de lo que terminó por definirse como postismo, no encuentro un ejemplo mejor:

Acelga y bolo dátil de la cueva

estrella y frío de la gruta hermano

invierno de jinete en el kilómetro

un lirio lluvia de la mona al nido

oso pava kilate rey del salto

tabla de uva y yerba de la zarza

el albañil que borda su conejo

chino diente de estopa fortaleza

gallo en el huerto y la ilusión del jueves

liebre llantén de música de nardo

obrero con la palma de la kina

ropa suela torta uso vaso yodo

zócalo y bisturí de la metrópoli.

Como muestra basta un botón. Los otros poemas son lo mismo, un mareante ritornello de hechos o sucesos banales y simultáneos, varias vueltas al mundo en conceptuales relámpagos, fascinante hallazgo poético, que Ory escribió delante de mí, en vísperas de la visita que nos haría Juan Eduardo Cirlot para que le explicáramos qué cosa era o pretendía ser el dichoso postismo. El transcrito poema ya nos dice mucho. Los cuentos postistas de Chicharro también eran estupefacientes, como aquel en que los habitantes de una casa andaban impresionados y revueltos porque se oían conversaciones, lamentos y hasta peticiones de socorro por la taza del retrete.

El postismo es una realidad estética indudable, y me honro de haber sido sugestionado por el mismo. Yo por aquel entonces quería ser pintor. Y lo fui, sobre todo durante mis años parisinos. No un pintor postista exactamente, ya que éste fue un movimiento más que nada literario, aunque reconozco haber hecho intentos de aproximación plástica a sus postulados. Pero fui postergando mi primera vocación en favor de la literatura y el teatro, donde la influencia postista es más evidente. Mas ahora, para mi sorpresa y alegría, resulta que el Reina Sofía se interesa por algunas de mis piezas pictóricas de aquella época, para incluirlas en la mencionada exposición. Es como si, después de haber obtenido un definitivo suspenso, la justicia larga del tiempo lo hubiera convertido en sobresaliente.

Viene a bien que recuerde que, cuando por tercera vez me suspendieron en el examen de ingreso en la Escuela de Bellas Artes, mi padre me dio una bofetada que me hizo rodar por los suelos. Un ente mágico hubiera podido advertirle: «Está usted maltratando a un futuro dramaturgo, miembro de número de la Real Academia Española». Son desconcertantes los milagros del tiempo.

Finalmente, mi padre se retractó y, en punto de muerte, le dijo a mi madre: –«No debes preocuparte por tu hijo Paco, que hará una carrera brillante. Yo no lo veré, tú sí lo verás... lo verás». Aunque no anduviera muy acertado, esta profecía paterna me hermana aún más con Ory, a quien su padre, poeta a su vez, vaticinó logrados aciertos en el mundo de las letras, con Carlos aún en la cuna, tan frágil y delgadito: «Tú serás poeta, poeta preclaro; ¡serás... mi obra magna y mi mejor lauro!».

A veces, los que van a morir tienen el don de profecía. El buen padre Bonaparte les dijo a sus hijos: «Debéis respetar a vuestro hermano Napoleón, que será vuestro rey». ¡Y tanto! Como emperador, regaló países y tronos a sus cuatro hermanos varones, y en cuanto a sus hermanas, también éstas se colocaron estupendamente. El tiempo distribuye una justicia final y sin apelación posible. El tiempo es Dios y viceversa.