El día que Al Asad volvió a caernos simpático

El general Michael Hayden lo ha sido todo en el espionaje norteamericano. Con buen criterio, y antes de abrazar la carrera militar, se licenció en Historia. Hizo los pinitos de Inteligencia en la USAF y era el jefe de la poderosa NSA cuando lo del 11-S. Fue director de la CIA entre 2006 y 2009 y, ahora, se dedica a asesorar en materia de contraterrorismo en diversos lobbys y centros de estudios internacionales. Pero no hay que fiarse: un espía nunca deja de serlo. De hecho, forma parte del grupo de patronos de la Fundación Jamestown, impulsada por la Casa Blanca en las postrimerías de la Guerra Fría para contrarrestar la propaganda soviética y dar voz a los desertores comunistas. En definitiva, que es un tipo que sabe de lo que habla, pero no habla de todo lo que sabe.

El jueves pasado intervino en la conferencia sobre terrorismo que cada año organiza su fundación y explicó a los asistentes que la mejor salida para Siria, y para Estados Unidos, por supuesto, era que Bachar al Asad ganara la guerra. No parece que el auditorio, compuesto a partes iguales de estudiantes y gente del «negocio», recibiera la conclusión con excesiva sorpresa. Sólo con ver el estado de cabreo de los saudíes que, les recuerdo, renunciaron a ocupar un sillón en el Consejo de Seguridad de la ONU en protesta por la falta de entusiasmo bélico de Washington contra Siria e Irán, se entiende que la percepción del problema ha cambiado en Occidente desde los días de vino y bombas de Libia. Sí. Aquel tiempo en que Al Jazira señalaba los objetivos y la OTAN los llenaba de alto explosivo parece lejano.

Pero a lo que vamos. Hayden explicó que, en Siria, se podían contemplar tres escenarios posibles: el primero, y más probable, su disolución como Estado, dividido entre facciones rivales irreconciliables y con los extremistas islámicos, sunitas, convertidos en «señores de la guerra» al modo afgano o somalí. La consecuencia sería la desaparición de las fronteras dibujadas en 1916 por los acuerdos francobritánicos de Sykes-Picot, con los que se resolvió el reparto del viejo imperio turco. Es decir, el caos en la región, con el inevitable contagio del enfrentamiento sectario entre chiíes y suníes al Líbano, Irak e, incluso, Jordania. «El relato de lo que está ocurriendo en estos momentos en Siria –explicaba Hayden– es la toma del poder por los fundamentalistas sunitas de una parte significativa de la geografía de Oriente Medio». El segundo escenario tampoco parece muy brillante: la prosecución sine díe de la guerra civil, convertida en un conflicto de «baja intensidad». Queda, en fin, la victoria del régimen de Asad como el menor de los males. ¿Significa esto que Estados Unidos vaya a ayudar militarmente a Asad? No. Bastará con dejar de apoyar a los rebeldes. Hayden, sin embargo, no se planteó un cuarto escenario: que Arabia Saudí y Qatar, en lugar de poner dinero para que otros maten chiíes, apóstatas y ateos por ellos, decidan movilizar a sus ejércitos y enviarlos al combate. Seguramente, Hayden no concibe tal futurible porque conoce el paño. En la diabólica carrera por ver quién es más auténticamente musulmán, los jeques de la casa de Saud sólo ocupan el segundo puesto. Y saben que los de Al Qaida desean ajustar cuentas. Que son muchas.