La agenda de la eurozona en 2013

Las uniones monetarias requieren de un mecanismo para transferencias permanentes hacia las regiones más pobres

Los líderes de la Unión Europea concluyeron el año 2012 con un acuerdo histórico que coloca a todos los bancos de la eurozona bajo un supervisor único. Sin embargo, las difíciles negociaciones que llevaron al acuerdo eclipsaron el reciente informe del presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, titulado «Hacia una verdadera Unión Económica y Monetaria» (Towards a Genuine Economic and Monetary Union), el cual insta a que la unidad vaya mucho más allá de una unión bancaria. Aunque «no se cerró ninguna puerta», en palabras del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, los líderes de la UE han rechazado claramente, al menos por ahora, la celebración de un debate serio acerca de una integración más profunda.

El informe de Van Rompuy plantea una pregunta fundamental: ¿qué factores impiden que la eurozona funcione como todos desearíamos? Responder a esta pregunta requiere, en primer lugar, la comparación de las dinámicas que estuvieron en juego durante la primera década del euro, 1999-2009, periodo en el que la eurozona ostensiblemente tuvo un buen desempeño, con las de los últimos tres años, mismos que se vieron afectado por la crisis.

En un principio, la eurozona parecía funcionar como una verdadera unión monetaria: se aceleró la integración de los mercados de capitales; aumentó la actividad transfronteriza; y disminuyó el tamaño de la brecha de ingresos per cápita entre los países miembros. No obstante, a diferencia de lo que ocurre en una unión monetaria completa, como por ejemplo la de Estados Unidos, los miembros de la eurozona retuvieron una total soberanía financiera, es decir, ellos controlaban todas las palancas de la política macroeconómica de sus respectivos países.

Sin restricciones externas, el gasto público y privado creció vertiginosamente en muchos países de la periferia de la eurozona; al mismo tiempo, los salarios aumentaron más rápidamente que la productividad. A medida que estos países registraban déficit en cuenta corriente, los países del norte de Europa acumulaban excedentes en cuenta corriente, lo que puso al descubierto una brecha de competitividad que se ensanchaba cada vez más.

En una unión monetaria real, las transferencias de riqueza y los estabilizadores automáticos hacen que tales discrepancias no representen un problema. Debido a que la eurozona en su conjunto se beneficiaba de una balanza de pagos relativamente sólida, los líderes europeos inicialmente no previeron el riesgo que corrían al dejar crecer los diferenciales de competitividad, y subestimaron la amenaza que planteaba, en algunos países, la acumulación de una deuda externa significativa.

En efecto, durante diez años, las transferencias de ingresos y préstamos de norte a sur financiaron una demanda agregada excesiva, lo que hizo que la eurozona se muestre aparentemente estable. Debido a que los mercados subvaloraban el riesgo con el fin de prestar a países que cada vez estaban más endeudados, la presión sobre las tasas de interés disminuyó. (En el curso de la primera década del euro, los diferenciales de tasas de interés entre los distintos bonos gubernamentales a diez años virtualmente desaparecieron.)

La crisis financiera mundial expuso el defecto subyacente de la eurozona. Mientras tanto, los organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el G-20 alentaron a los países que se encontraban luchando ante dificultades a que apliquen políticas fiscales relajadas, alegando que eran necesarias para superar la crisis. Pero el estímulo fiscal sólo agrava el problema.

Los inversores financieros se dieron cuenta pronto de que el riesgo se había subestimado en algunos países, lo que causó un aumento en las tasas de interés, en algunos casos hasta niveles insostenibles, como por ejemplo en Grecia, Portugal e Irlanda. Mientras que la disminución de la demanda agregada condujo a la reducción de las importaciones, la combinación de tasas de interés más altas, menor gasto público, aumento de impuestos y deflación salarial impulsó el crecimiento del desempleo y desencadenó una recesión.

Normalmente, al disminuir los precios de manera relativa con los de sus vecinos que son fiscalmente más sólidos, los países que se debaten en medio de problemas pueden impulsar las exportaciones, y consecuentemente reducir sus déficit de cuenta corriente. Sin embargo, en el caso de la crisis del euro, la tendencia de los precios a mantenerse en niveles altos hizo que la inflación aumente más en los países deudores que en los países acreedores, por lo que el ajuste fue aún más doloroso.

En este contexto, el informe de Van Rompuy es crucial. Traza la arquitectura necesaria para «garantizar el nivel mínimo de convergencia necesario para que la Unión Monetaria Europea funcione de manera eficaz», y hace un llamamiento a lograr un marco de políticas financieras, presupuestarias y económicas más integrado. En concreto, el informe destaca la necesidad de dos compromisos fundamentales que debe formular la eurozona.

En primer lugar, este informe dice que los países de la eurozona deben aplicar reformas dirigidas a impulsar la flexibilidad de precios y salarios a través de una mayor competencia y una mejor movilidad de trabajadores capitales dentro y entre los países miembros. En segundo lugar, las transferencias de riqueza a los países periféricos, aunque sean controvertidas, son necesarias.

Para superar los obstáculos políticos asociados, según Van Rompuy, los líderes de la eurozona deben crear una «capacidad fiscal» limitada, que deberá actuar a través de una «función común, pero limitada de amortiguación» que «contribuiría a amortiguar el impacto de los shocks específicos de cada país y ayudaría a prevenir el contagio en la eurozona e incluso más allá de la misma». Este mecanismo también debería proporcionar apoyo financiero a las reformas estructurales a través de «incentivos financieros limitados, temporales, flexibles y dirigidos específicamente a objetivos».

No obstante, la propuesta mínima de Van Rompuy puede ser insuficiente. Las uniones monetarias requieren de un mecanismo para transferencias permanentes hacia las regiones más pobres. El presupuesto de la Unión Europea debe facilitar dichas transferencias en la eurozona, mediante el uso de fondos estructurales. Las transferencias fiscales también deben actuar como un estabilizador automático en casos de «shocks» asimétricos.

Estas reformas, sin duda, requieren de una eurozona mucho más integrada políticamente, e incluso federalizada. Hacer frente a la realidad será el principal desafío de los líderes de Europa en el año 2013.

Copyright: Project Syndicate, 2012