La intervención militar en Libia es para ayer

La Razón
La RazónLa Razón

Mientras llega el día en que el ex presidente francés Nicolas Sarkozy nos explique cuáles fueron los motivos que le llevaron a ordenar el derrocamiento de Gadafi, mera curiosidad que tiene uno, lo más sensato sería ir preparando una amplia intervención militar en Libia, en apoyo del Gobierno legítimo de Tobruk, que fue el que ganó unas elecciones sorprendentemente limpias, triunfo que le birló, manu militari, la coalición de milicias islamistas que hoy manda nominalmente en Trípoli. La urgencia viene dada por el gradual avance de los integristas del Estado Islámico (EI), que, sin pausa, se están haciendo con el control de los puertos del país y de sus terminales petrolíferas. Ya tienen los de Derna, Nafaliya y Sirte, mantienen acuerdos de «vamos a llevarnos bien» con las mafias que dominan el tráfico de inmigrantes de Bengasi –a las que ya les llegará su hora– y le han puesto el ojo al de Trípoli. Un día de estos nos pasará como en Irak, que nos despertamos con la caída de Mosul y la creación del Califato y todavía el Gobierno de Bagdad ha sido incapaz de recuperarla. En Libia, los fanáticos del EI mantienen las mismas tácticas de terror que en Irak o Siria. En cada zona se apoyan en alguna de las tribus más proclives a aceptar su visión rigorista del islam y con cuentas que saldar con los vecinos, con el Gobierno o con las milicias, con lo que no es extraño encontrarse con que antiguos partidarios de Gadafi se apuntan con entusiasmo y ánimo de venganza a sus filas, como ha ocurrido con los seguidores de Sadam Husein en el norte iraquí. Cualquier asomo de resistencia se asfixia ejemplarmente. Por ejemplo, en Derna, la oposición de una conocida familia local a la detención de uno de los suyos se saldó con la muerte de ocho de sus miembros, cuatro de los cuales fueron crucificados y sus cadáveres exhibidos en una especie de barraca de feria. Dado que, por el momento, los islamistas están enfrentándose principalmente a las milicias de Trípoli, las fuerzas gubernamentales del general Jalifa Haftar –¡qué líder militar más útil tendría en él Occidente!– se dedican a contemplar el panorama y a reforzar su propio territorio, conscientes de que, tarde o temprano, les tocará su turno. La generalidad de la población, la que votó mayoritariamente por un gobierno moderado que hiciera cumplir y cumpliera las leyes, está viviendo una tragedia. El número de desplazados internos supera el medio millón y se calculan en cien mil los que han salido del país, la mayoría por Túnez o Egipto, aunque también comienzan a recurrir a la vía de las pateras. Así que tenemos el motivo –defensa de la población en peligro–, el objetivo preciso –evitar el colapso migratorio y la expansión de los salvajes del EI–, un aliado presentable –el Gobierno de Tobruk y su general Haftar– y los medios militares para llevar a cabo la misión, que, en justicia, debería recaer sobre los franceses y los italianos. Los primeros por habernos metido en el lío, y los segundos por haber ido a remolque de los galos y haber incumplido vergonzosamente todos los acuerdos que firmaron con Gadafi, entre ellos, el que acabó con la anterior oleada de pateras. También se le puede pedir a Washington que nos saque las castañas del fuego, pero Obama no está por la labor y, además, va a tener que meterse de nuevo en la guerra afgana, porque los talibanes cada vez tienen más acorralado al Gobierno de Kabul. En cualquier caso, y mientras los hechos nos ponen contra la espada y la pared, no estaría de más prestarle algo de apoyo aéreo a Haftar, que sea más eficaz que los esporádicos ataques de los cazabombardeos cataríes y egipcios.