Leyendas y misterios poblanos

Filipona la gorda

En el término municipal de Villarrubia de los Ojos, en la provincia de Ciudad Real, pregunté qué había pasado allí de extraordinario, pues en todas partes ocurren casos extraordinarios y de los que se guarda memoria. - «Aquí, nada. Aquí nunca pasa nada». Otro sujeto dijo: - «¿No te acuerdas de Filipona la gorda?» ¿Quién era esa Filipona?

Pues bien, Filipona era una señora que sufría de una gordura mórbida, con más de doscientos kilos de peso, y entre cuyos febriles pliegues de su vientre, había llegado a incubar huevos de gallina. Un ornitólogo francés se enteró del caso y vino provisto de termómetros, tensiómetro, fonendoscopio y otros adminículos científicos y la vigiló muy atentamente día y noche. Al final hubo de cantar victoria. Aquello merecía una extensa memoria que dedicaría a la Universidad de la Sorbona. Allí estaban los cinco pollitos vivos, que, con el tiempo, se hicieron unos mozos y que Filipona se comió asados al asta sin el menor remordimiento. - «¿No te pesa, Filipona, comerte esos pollitos que al cabo son como tus hijos?» - «Al contrario. Puedo decir con orgullo que no como otros pollos que los incubados por mí».

Cuando se tienen los mimbres, se puede hacer un buen cesto con ellos. Es decir, un cuento sorprendente, al estilo de García Márquez o Guy de Maupassant. Yo no soy ni el uno ni el otro y solo me limito a la exposición escueta del caso, y ya me parece bastante. ¿No es lo suficientemente admirable?

El vino de gloria

En un predio cercano al pueblo manchego de Tomelloso, un cosechero poseía una tinaja de la que manaba un vino exquisito, muy equilibrado de grados y con un fino sabor embocado que producía borracheras famosas, de todo punto memorables. Tan excelso le pareció que lo llamaba «vino de gloria». El cosechero se hacía la propaganda diciendo: «Nadie ha producido en estos contornos un vino de gloria como el mío. Vengan ustedes a probarlo y verán lo que es bueno». De todas partes venían a comprobarlo, pero sucedió algo terrible. La tinaja fue mermando y al final, cuando tocaba limpiarla, se encontró el esqueleto de un hombre que posaba en su fondo. ¡Horror! Se consultó con la enológica, y ésta determinó que un operario, previamente intoxicado por los vapores del orujo, al asomarse a la tinaja se desmayó y se ahogó en aquel su vasto contenido. Se armó un cisco tremendo, pero nunca se aclaró el misterio de la identidad del sujeto. Nadie reclamó aquel cadáver. Tal vez algún intrépido mozo, gallego o asturiano, que trataba de ganarse la vida por libre en la planicie vinatera manchega. Se dijeron misas por el alma del infortunado, así como por el perdón de los bebedores de aquel vino de muerte que comenzó siendo un vino de gloria. También se dijo que algunos dejaron el vino para siempre.

La abuelita sentada

Este misterio concierne a mi propia familia.

Una tía abuela de mi madre, a la que todos llamábamos la abuelita sentada, no se levantaba jamás de su sillón, de un suave y abullonado cuero. Desde allí hacía toda su vida, lo que incluye, claro está, las funciones orgánicas, cosa que siempre ha sido del más alto interés para los niños. Todas las mañanas las sirvientas procedían a limpiarla, pasándole una esponja por sus partes más delicadas.

Desde su trono, la abuelita sentada nos contaba cómo vivió en primera persona la entrada de las tropas napoleónicas en Valdepeñas, la heroica defensa de la villa por la famosa heroína local Juana La Galana y cómo hizo retroceder a los invasores, obligándoles a tomar por otro lado el camino de Andalucía –hecho que Galdós consigna puntualmente en los «Episodios Nacionales»–. Era en verdad emocionante escucharla narrar cómo los franceses trataban de derribar la puerta de su casa mientras las mujeres rezaban el rosario. Era como vivir la Historia en directo.

Contaba también cómo rescataron a un soldadito francés herido y lo escondieron en el fondo de la casa. Todas las noches lo sacaban para llevarlo a la cocina y le preguntaban por su vida. Gastón Bruillard, que así se llamaba, lloraba recordando a su madre y sus hermanas. Cuando sanaron sus heridas, lo liberaron, ayudándole a escapar disfrazado de aguador. Desde entonces, al rezar el rosario en la familia, siempre se dedicaba un Padrenuestro al soldadito.

Yo no sé si era cierto que ella alcanzara a vivir aquellos hechos o todo era fruto de su imaginación fantasiosa, mezclada con los recuerdos de lecturas o cosas que le contaron de niña. Las cuentas no me cuadran, pero yo me dedico a las letras y no soy muy bueno con los números. Lo único seguro es que nadie se aventuraba a echarle años y su edad siempre permaneció en el más completo misterio.