Los rarísimos

Me pidió que escribiera una función para ellos, y lo hice con mucho gusto. La obrita se llamaba «La importancia de ser Lechuga» y sucedía en el patio de la cárcel, entre delincuentes de poca monta y camellos ocasionales

No recuerdo la fecha en la que Rubén Darío publicó su magistral escrito titulado «Los raros», que ejerció un gran influjo en mí desde que lo descubriera, siendo un niño todavía. Me abrió una gran puerta a la más alta cultura de los siglos XIX y XX. Entre otras cosas me dio conocimiento de la escandalosa pareja que formaron Rimbaud –casi un adolescente genial– y Verlaine –un hombre ya maduro y muy reconocido como poeta–.

Pero quien tanto ha vivido, como yo, ha conocido personajes rarísimos. A decir verdad, siempre he tenido como un imán que atraía a todo tipo de seres extraños, divergentes. Uno de ellos fue Jaime Usano, un tipo bien singular, que tenía el propósito de escribir un libro para demostrar lo ignorante y lo cutre que era; y como, a pesar de ello, se sentía muy a gusto consigo mismo y vivía muy feliz. Pretendía una reivindicación del estilo de vida cutre y aseguraba haber inventado toda una moda y una filosofía bien argumentada de lo cutre. Jaime –entre otras cosas, ya que era hiperactivo– era un bululú, un actor solitario que iba por ahí representando sus funciones para títeres, construidos por él mismo. Para ello se compró una pequeña furgoneta con la que anduvo recorriendo durante algún tiempo los pueblos de España, sin que fuera impedimento el hecho de no haber pasado por ninguna autoescuela y no tener carné de conducir. Allí por donde iba entablaba relaciones con enorme facilidad. Sobre todo en ambientes marginales, pero también con empresarios, políticos, artistas o escritores.

En cierta ocasión nos llevó a Gloria Fuertes y a mí a la cárcel de Carabanchel, aunque no presos, no se vayan a creer. No sé cómo había conseguido allí un trabajo, escasamente remunerado, para organizar actividades culturales destinadas a los presos comunes y había formado un grupo de teatro. Me pidió que escribiera una función para ellos, y lo hice con mucho gusto. La obrita se llamaba «La importancia de ser Lechuga» y sucedía en el patio de la cárcel, entre delincuentes de poca monta y camellos ocasionales. La representación fue un éxito y Gloria recitó poemas que divirtieron mucho a los reclusos. Al despedirnos, nos regalaron unas pegatinas para poner en la puerta de casa que advertían a los posibles ladrones de no robar, ya que allí vivía «un amigo de los presos». Todo un detalle.

Imbuido por su estética de lo cutre, escribí también una funcioncilla para títeres de cachiporra, bajo el llamativo título de «Aventurillas menudillas de un hijillo de puta». Para ello me inspiraría en Lorca y el Ubú de Alfred Jarry. Estrenó la pieza en el Festival de Títeres de El Retiro y posteriormente ha sido representada por muy diferentes grupos de teatro.

Otro rarísimo en mi vida fue Protasio Duque, el jefe de los «armaos», soldados romanos al servicio de Poncio Pilatos, que desfilaban en todas las procesiones de Semana Santa, con sus rutilantes armaduras metálicas. Protasio era muy disciplinado en cuanto a la instrucción marcial de sus armaos, y se inventó una coreografía bélica muy bien resuelta. Tanto que mi padre le dijo: -«Cuando quieres, las cosas te salen muy bien». Tenía una gran confianza en sí mismo y había inventado una suerte de bocinón que paseaba por las noches en un carromato, emitiendo un trompetazo siniestro y atemorizante, como para asustar a Cristo vendito. En medio de la noche se escuchaba de repente ese bramido de apocalipsis. Para mi hermano y para mí aquello era el colmo de lo terrorífico. Ignacio, siempre tan beato y melodramático, se arrodillaba y rezaba temblando.

Protasio tenía una vieja hermana que se le murió, pero como no tenía dinero para el entierro, la metió en su cochecillo Seat y se fue por los campos de Montiel buscando un sitio en donde ocultarla. Cerca de una carretera secundaria encontró una cueva que pasaba muy inadvertida y allí la dejó, en un rincón, acumulando cantidad de hojarasca sobre ella. A eso de los cuatro meses volvió y la encontró perfectamente momificada. Sin duda el calor de la cueva y el follaje con que la tapó contribuyeron a disecar el cadáver. -«¿No quieres verla?». Me preguntó. Y me pudo la curiosidad. No sé describir la emoción que me causó verla.

Recordando este suceso, años después, escribí una obra de teatro breve llamada «Carlota Basilfinder», en la que las familias de bien conviven muy naturalmente con sus muertos, momificados y bien ataviados para las diferentes ocasiones. La obra se la dediqué a mi amigo, el poeta Eduardo Haro Ibars, otro rarísimo del que quizás hable en otra ocasión.

Con estos dos ejemplos contesto a los curiosos y estudiosos de mi teatro, que con frecuencia me preguntan de dónde saco esos extraños personajes que lo pueblan. Pues ya se ve: de mi vida misma.