Paraísos perdidos

Es curiosa esta tendencia de algunas mujeres a cargar con un hombre a sus espaldas, como una cruz a cuestas de por vida. Un desgraciado, atormentado o traumatizado a quien ellas se sienten obligadas a redimir y que acaba por consumirlas.

La Razón
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Ya soy muy viejo y he vivido cosas extraordinarias, he conocido y experimentado en climas muy atípicos, como el predio mágico de la «generala» Lambarri, esposa del general Lambarri, militar destinado al protectorado español de Marruecos. La señora Lambarri era ya rica por su familia y era una mujer muy sensible y refinada, que tuvo una idea magistral: en un pueblo de Málaga compró una casa palaciega, a cuya espalda se erigían unas cuantas casas más humildes, que también compró y decoró con valiosas antigüedades y un completo menaje hogareño, para alquilar a sus encopetadas amistades, gente rica y esnob que no paraba en gastos. Las casitas de la «generala» Lambarri eran toda una delicia, un lujo original y exclusivo, del que yo pude disfrutar, por su libertad de costumbres.

Tuvo dos hijas gemelas, y ambas decidieron instalarse en la ciudad de York, para aprender inglés. Allí se les apareció el bello golfo que daría al traste con el fabuloso predio hedonista heredado de su señora madre. Yo viví tan funesta pérdida, como invitado de la muy generosa Pilar. El bello golfo era de humilde extracción social, un rockero antisistema con pretensiones de cantante y compositor que la obligó a pagar los más sofisticados instrumentos electrónicos, lo que suponía todo un dineral. Muerta su hermana, David, el bello golfo, se hizo permanente huésped del palacete mágico, permanente parásito de Pilar, quien le regalaba coches deportivos de marca, que al poco tiempo se cargaba en aparatosos accidentes, de los que salía vivo por milagro. En alguna ocasión, tras uno de esos accidentes, Pilar tuvo que alquilar un avión privado para llevar a su amante a la mejor clínica de Londres. Considero que Pilar fue una víctima de su dinero y las costumbres de los ricos. Se instalaban por temporadas en la India, seducidos por un famoso gurú, que se hacía una gran fortuna con el ansia de espiritualidad de sus devotos. Un granuja de marca mayor, finalmente perseguido por las autoridades europeas.

Mientras Pilar estaba ausente, aquel machito superior y vulgar le vendía las valiosas prendas de su lujoso ajuar, viéndose ella obligada a comprarlas de nuevo. El bello golfo la esquilmaba para gastarlo en heroína. Yo fui testigo de aquella relación destructiva y fatal, la que terminó liquidando el paraíso de madame Lambarri, y que hoy es un complejo hotelero de lujo, pero no podía mediar en aquel desastre que la fagocitaba de lleno. No había capricho del golfo que ella no satisficiera al punto, aparatos electrónicos y coches deportivos, ropa de marca, exclusivos pisitos de soltero... Un chulo de lo más caro que no carecía de imaginación y poseía, incluso, ciertas facultades de pintor.

La casa palaciega fue dotada de una gran estancia –llamada el Partenón– toda ella de cristal. Un mirador extraordinario, desde el que se divisaba la costa de África y hasta las montañas del Atlas. Todo alfombrado y recubierto de cojines, que invitaban a la contemplación trascendente, con una permanente y suave música de fondo. Se habían dividido algunas habitaciones con cortinas de tul flotante, con el viento de unos ventiladores potentes, que afantasmaban oníricamente aquellos rincones. Los más caros perfumes los embalsamaban: Dior, Chanel, Marcel Rochas... Nunca he vivido con tan innominable placer aquel sueño de la droga alucinógena materializado a la perfección; aquel sueño de pobres ricos, que pagan tan cara su espiritualidad, al tiempo que adictos a su postrera liquidación, lo que supone una superioridad de clase, al alcance de cualquier sujeto del pueblo o la ciudadanía. Así se perdió aquel paraíso, y Pilar murió pobremente y en soledad, de cáncer. ¡Desolación!

Es curiosa esta tendencia de algunas mujeres a cargar con un hombre a sus espaldas, como una cruz a cuestas de por vida. Un desgraciado, atormentado o traumatizado a quien ellas se sienten obligadas a redimir y que acaba por consumirlas. Este fenómeno lo resumo en una réplica del personaje La Viuda Reposada en mi adaptación de «Tirante el Blanco» que dice: «Toda mujer lleva un hombre podrido en su corazón».