Tiempos pasados parecen mejores

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El escritor chileno Jorge Edwards (nacido en Santiago de Chile en 1931) acaba de hacerme llegar su último libro «Prosas infiltradas», publicado por Reino de Cordelia. Agradezco la dedicatoria, que comparto, e invito a los lectores a que se adentren en este libro, no muy extenso, compuesto por ensayos sumamente atractivos en los que añade su dilatada experiencia como escritor e intelectual con sus responsabilidades políticas y diplomáticas. Se reitera que Salvador Allende le encomendó la embajada chilena en La Habana en la que permaneció desde 1970 a 1973. Su estancia en la Isla le resultó conflictiva al barbudo Comandante y fue declarado «persona non grata». En 1973, Seix Barral publicó un libro con sus experiencias, alejadas de parte de la izquierda, tan citado como menos leído. Con el golpe militar de Pinochet (1973-1990), Edwards, que formaba parte de una familia patricia, buscó refugio en Barcelona, que, pese al tardofranquismo, se convirtió en faro de la intelectualidad latinoamericana. Las editoriales barcelonesas acogieron lo que se calificó periodísticamente como «boom». Edwards se instaló en la ciudad con suma modestia y fue acogido por la Mamá Grande, Carmen Balcells, con su reconocida capacidad para ordenar y dirigir la vida de sus pupilos. Fue Carmen quien me puso en contacto con Edwards, que vino a compartir exilio con Vargas Llosa, García Márquez, Donoso y un largo etcétera que posteriormente fueron dispersándose por la faz de la Tierra. Practicó, como era de rigor, la novela, pero su extraordinaria formación franco-estadounidense aparece en ensayos fruto de lecturas bien digeridas.

Fue secretario de la embajada parisina cuando Pablo Neruda ejercía como embajador desde marzo de 1971 hasta fines de 1972. Y nos legó un libro, «Adiós poeta», de 1990, en el que recogía sus experiencias. Pero como buen diplomático, parte de sus secretos sigue en su memoria. Aquella Barcelona que vivimos «los de entonces» no es la de hoy. No me reconozco en ella ni por sus gigantescas manifestaciones, ni por una división entre unos y otros. Aquella fue o parecía una ciudad abierta, deseosa de hacerse un hueco no sólo en lo deportivo –que lograría en 1992– sino en el ámbito intelectual, avanzadilla de una cultura que pretendía rivalizar con las europeas. Tras la muerte del gran Neruda, el 23 de septiembre de 1973, Carmen Balcells se ocupó de la ordenación de los dispersos derechos de sus obras. Y entonces apareció la figura de su viuda, Matilde Urrutia, la mujer con la que convivió desde los años clandestinos en Capri en los años cincuenta hasta su muerte, acosado en su lecho de muerte por las hordas pinochetistas. Ella salvó sus valiosas memorias y logró mantener su pasaporte. Por aquel entonces la conocí en una cena que Carmen organizó con Jorge Edwards. Las visitas de Matilde fueron frecuentes y, ya sin la presencia de Carmen, cenábamos los tres en algún restaurante barcelonés. (Sus memorias «Mi vida junto a Pablo Neruda» –Seix-Barral– se publicaron póstumamente en 1986, ya que falleció el 6 de enero de 1985). Ello tampoco impedía que mis relaciones de entonces con Edwards resultaran gratificantes, aunque no habituales. Los escritores del «boom» fueron dispersándose, pero su presencia sería inexplicable sin una intelectualidad local, editoriales dispuestas a acogerles e interpretarles. Habían protagonizado –y Jorge Edwards fue una de las claves– una grave disensión con el régimen castrista. Julio Cortázar y García Márquez, junto a otros, mantuvieron fidelidades y habituales viajes a una La Habana que imagino poco tiene que ver ya con la que visité hace un montón de años. Recuerdo aquellos encuentros con Matilde, cuyo tema principal, aunque no exclusivo, era Neruda: la conversación acababa deslizándose hacia el dramático Chile pinochetista. La lucidez de Edwards, como los supervivientes de su generación, quienes militaron en la izquierda o creyeron hacerlo, y cuantos han sobrevivido a los avatares de las enfermedades sufre de melancolía. Comentando el libro de Régis Debray, político tan representativo, «Alabados sean nuestros señores. Una educación política» (Taller de Mario Muchnik, 1999) escribe: «Es una escritura que exige en el lector algo que podríamos llamar una cultura de la izquierda: un elemento que permanece después de haber perdido la fe y la eventual militancia y de haber olvidado casi todo el resto. Probablemente un pedazo de biografía, cierto tipo de Universidad y de juventud». Hay, desde luego, ensayos más luminosos, sin duda, pero estas líneas revelan un tiempo que ya no ha de volver: cuando la política se vivía con peligro azaroso, con mayores complejidades que hoy y enlazaba con una cultura libresca irrecuperable. Recuerda Edwards que cuando Napoleón organizaba una de sus campañas –y está documentado– requirió un carro para albergar los libros que iban a acompañarle. Tal vez cabrían ahora en un ordenador, pero dudo de que nuestros dirigentes eligieran los textos con tanta lucidez. Edwards es uno de los humanistas, aunque haya publicado un rosario de novelas, al que le apasionan las ideas. Aquella nostalgia por una ciudad ahora invadida por un turismo de paella y Gaudí, por manifestaciones vociferadoras y abanderadas no es sino la degradación de algo ya irrepetible, el deseo de convertirse en faro cultural, emulación de un París que también desapareció, el Londres con la mejor librería del mundo, un Nueva York que emulaba el cine. Todo parece haberse desvanecido, aunque debo admitir también que la nostalgia es mala consejera, deforma como la memoria y siempre resulta infiel.