Historia

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Un nuevo paso adelante

La Razón
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Los periódicos de todo el mundo, incluso aquellos que se distinguen por sus críticas al cristianismo, han tenido la oportunidad de destacar la relevancia de esa canonización con que Francisco I ha querido poner un broche de oro a la llamada a la misericordia. Es indudable que la nueva santa nacida en Albania –cuando ésta se hallaba aún sometida a los poderes del Imperio otomano llamado a desaparecer– adquiere en nuestra Historia y en la de la Iglesia una muy especial singularidad: en el interior de su alma logró descubrir ese gran secreto que en nuestros días se oculta, el Amor con letra mayúscula que es reflejo de la Voluntad de Dios. Pero si nos centramos en el plano simple del suceder humano, podemos comprender que su admirable obra de caridad se inserta claramente en la verdadera revolución que definimos como conciliarismo, ya que se encuentra vinculada al Concilio Vaticano II y, frente a los materialismos, presenta ese axioma de «llamada universal a la santidad». No hay diferencia entre los seres humanos sea cual sea su origen o etnia.

Es evidente que esta llamada de atención nos incumbe a todos, creyentes o no creyentes, pues revela en el fondo las razones de que tengamos que calificar al siglo XX como «el más cruel de la Historia». Y sus secuelas aún continúan bajo esa nueva forma que revisten el fanatismo, producto del odio, y el terrorismo, forma de ejecución. Las formas eficaces que revisten en nuestros días los fecundos movimientos laicos que amplían los horizontes de la vida religiosa extendiéndolos a la sociedad civil no significan renuncia ni oposición a la política. Todo lo contrario. Se va descubriendo de qué modo el éxito de las diversas formas que pueden adoptar las estructuras políticas no depende de los silogismos que se esconden tras las ideologías, sino del cumplimiento de aquellas funciones que se esconden tras el «castillo interior» o la «morada». Fue precisamente ahí donde la Madre Teresa de Calcuta encontró el secreto que la llevaría hasta unos niveles de santidad que probablemente ni ella misma se consideraba merecedora de alcanzar.

Para un historiador, especialmente si se siente español, el signo más notable se encuentra en el nombre escogido: Teresa. Nos lleva a la santa de Ávila cuyo centenario ahora conmemoramos, aunque no se le haya dado el relieve merecido. Un nombre que se asocia a la reforma católica española y que, pasado mucho tiempo, resucitaría en esos tres puntos Teresa de Lisieux, la superniña, Editha Stein, la carmelita asesinada en Auschwitz y ahora en el lejano horizonte de Calcuta. A esto importa mucho añadir que en la vocación de san Juan Pablo II desempeñó un papel decisivo aquel ejemplar de la obra de San Juan de la Cruz que le regalara un sastre y que llegaría a ser tema decisivo en su tesis doctoral redactada en el Angelicum de Roma. Conviene destacar el relevante papel que estos dos santos españoles han llegado a desempeñar en la renovación cualitativa de la Iglesia católica iniciada en el siglo XX, aunque debe indicarse la existencia de precedentes.

Este año vamos a conmemorar también el centenario de Martin Lutero, que se había formado dentro del voluntarismo nominalista que entregaba a los poderes políticos la decisión suprema en todos los problemas a la política haciendo a la religión una consecuencia del orden social. Pues bien. Lo que los santos españoles enseñaban era precisamente lo contrario: la justicia del orden social era una consecuencia del respeto al orden moral. Amar al prójimo sin poner límites; ahí estaba el secreto. Es lo que Francisco I, llegado a la cúspide de la Iglesia desde uno de aquellos países que con grandes trabajos lograron poner en pie los misioneros españoles, está enseñando con eficacia. No puede la Iglesia prescindir de la política como tampoco puede prescindir de la persona; está obligada a advertir seriamente de los errores que se cometen pidiendo una rectificación. No nos engañemos: la madre Teresa no decía que la pobreza es un bien. Toma la forma de una enfermedad y en ella deben ser cuidados y rescatados los que la padecen. Y aquí entraba la palabra clave de su obra extendida por el ancho mundo y compartida por tantos movimientos religiosos: caridad.

Durante siglos Europa sucumbió a la fuerte tentación de creer que el poder era el mejor remedio y casi el único. Todas las ideologías materialistas compartieron en forma y fondo ese error. A él sucumbieron también los monarcas católicos, especialmente cuando advirtieron que estaban siendo vencidos. Y por este camino llegamos a las ideologías, cuyo ocaso es signo de nuestro tiempo. Todas coincidían en reducir al ser humano a un simple instrumento otorgando al poder exclusiva importancia. En estos meses los españoles estamos descubriendo el terrible peligro que acecha. Los partidos políticos han dejado de ser meros instrumentos, para contribuir a la corrección en las decisiones, para convertirse en armas de fuego que apuntan a ese único blanco: el poder. Y uno se pregunta qué sucederá con la simple persona humana cuando alguien consiga instalarse totalmente en él.

Los historiadores vamos aprendiendo la lección. El totalitarismo ha cambiado sus formas, pero se ha fortificado en aquel fondo que señalara Lenin al decir que el Estado era únicamente instrumento del partido. Único en aquellos tiempos, plural en los actuales, sigue conservando todo el vigor primitivo. El pequeño y cerrado grupo que le encabeza, y que ni siquiera tiene que tener en cuenta la opinión de sus afiliados, se siente en condiciones de decidir todo lo que debe hacerse e incluyen la ruptura del mapa que durante siglos formara la nación. El amor ha sido sustituido incluso en su propia esencia. El ejemplo de la madre Teresa es más necesario que nunca. Ella no aspiraba a mandar sino a servir. Y no se complacía con un premio Nobel salvo porque le daba la oportunidad de dar ayuda a los pueblos. La pobreza que la Iglesia defiende no es carencia sino desprendimiento: progresar en las ganancias para ayudar a los demás a escapar de la enmarañada tela de la necesidad.