Luis Suárez

Viejos fundamentos de la europeidad

En nuestros días, aunque sin partido único, la sumisión del Estado a los partidos parece innegable. Lo que importa es alcanzar la mayoría, sea ésta absoluta o lograda por medio de la suma de varias minorías

La Razón
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Entre los centenarios que el año adveniente nos obliga a rememorar figuran dos que presentan singular coincidencia. Se cumple el medio milenio desde que Carlos de Habsburgo se ciñó la corona de España y dio los pasos necesarios para asumir protagonismo en tres de las cinco naciones que, en la opinión de entonces, formaban Europa, mientras que en Wittenberg un agustino, Lutero, cuidadosamente redactaba las noventa y cinco tesis que haría públicas en 1517. Eran los mismos días en que Carlos, llevando en su valija un ejemplar del libro que para su guía y enseñanza redactó su maestro Erasmo, ponía pie en un pequeño suelo ignoto desde el que casi podían adivinarse las cuestas de Covadonga. No se trata de un mero recuerdo, sino de descubrir en estos minúsculos sucesos la dualidad que aún reviste la que seguimos llamando europeidad. En estos días de elecciones recientes nos damos cuenta de que la Unión Europea no es el escenario del desarrollo de una conciencia común, sino del enfrentamiento entre dos definiciones sustanciales que en 1516 ya estaban presentes: la persona ¿debe acomodarse en su conducta a valores éticos que se reflejan en su naturaleza o está en condiciones de establecerlos a su antojo? De esto no se habla, pero la disyunción está ahí. No se trata de una opción entre bandos políticos, sino de algo mucho más profundo.

Las divergencias habían comenzado en el interior de los claustros universitarios, donde se discutía si las ideas son reales o un mero producto de la mente humana. Pues de ahí provenía el enfrentamiento entre aquellos maestros que formaban la Escuela de Salamanca y reconocían en el ser humano libre albedrío y capacidad racional para el conocimiento incluso especulativo y los que, en Wirtenberg, afirmaban lo contrario, que el hombre está sujeto al siervo arbitrio y la razón no pasa de ser la «prostituta» que se vende a cambio de sus servicios. La primera opción, que España se empeñaría por defender y sería finalmente barrida, afirmaba también que la libertad depende de que los demás cumplan con su deber, mientras que la segunda, absolutamente triunfante en nuestros días, reconoce en el Estado el poder absoluto del que emanan todas las decisiones a que el súbdito se halla sometido.

Surgía entonces la gran cuestión que Hobbes definió con el nombre del monstruo bíblico, Leviathan: ¿es el Estado un dueño o únicamente instrumento del poder? Parece, sin duda, que hemos llegado a una especie de punto final en este camino: el partido o los partidos que alcanzan el poder son verdaderos dueños del Estado lo que significa también de las normas de conducta. A espaldas de la crisis que está padeciendo Europa en donde una porción muy considerable de sus moradores se encuentra desprovista de los medios que permiten y garantizan su existencia, se alza un telón que parece ignorarse: sin la conducta moral objetiva y correcta es casi imposible resolver los problemas. Entre el dinero y la persona hemos optado por el dinero. El éxito de una empresa se mide por las cifras de su balance anual y no por los medios de vida que proporciona. Idealismo y materialismo han venido a coincidir en este punto; el materialismo dialéctico en sus variadas formas propone entregar al Estado también la propiedad. No necesitamos hacer un repaso de los desastres a que esto conduce, pues están bien a la vista de todos.

El orden ético para la conducta política y también la individual ha sido confiado a la Constitución. La palabra que significa el orden de valores sobre los que de hecho la sociedad se encuentra asentada está siendo ahora mal interpretada, como si se tratara de una especie de contrato revocable. Y no es así. La Constitución reconoce que España es una nación y no una simple asociación revisable. Naturalmente, las constituciones deben ser enriquecidas porque surgen nuevos problemas, pero sin olvidar nunca que nación viene de naturaleza y es un patrimonio recibido como herencia que no puede ser malversado.

Al producirse el triunfo del marxismo en la Revolución rusa, Lenin propuso una especie de solución al conflicto. Puesto que Dios no existe, según la ciencia y según Feuerbach, que afirmaba haber descubierto su imposibilidad, la verdad pertenece al materialismo dialéctico y el Reino de Dios debe establecerse en este mundo. La verdad, pues, corresponde al partido como depositario de la doctrina y a él debe someterse el Estado, renunciando a cualquier clase de confesionalidad, que sería por sí misma un error. A esto trataron de oponerse los regímenes autoritarios, que exigían sumisión de todos los partidos al Estado y que los historiadores solemos calificar de dictaduras de emergencia, aunque este nombre no fuese empleado por sus protagonistas. Con el tiempo, tanto autoritarismo como totalitarismo experimentarían un desgaste que provocó ciertos hundimientos. Ahora bien, con el tiempo vamos descubriendo cómo la herencia de Lenin permanece en cierto modo. En nuestros días, aunque sin partido único, la sumisión del Estado a los partidos parece innegable. Lo que importa es alcanzar la mayoría, sea ésta absoluta o lograda por medio de la suma de varias minorías. De cualquier modo, es el Estado quien debe obedecer y a las personas individuales se les reconoce únicamente el derecho a elegir entre los partidos; no se vota a personas individuales concretas, sino a la lista que el partido ha tenido a bien proponer. De modo que incluso el principio básico en la democracia, el derecho de voto y la razón de la mayoría, están siendo desviados. Ciertamente, el orden político, como se reclama, necesita reformas, pero éstas deben enderezarse en beneficio de los derechos de la persona humana, es decir, de la vida, naturaleza y libre albedrío que la conforman. Difícil tarea.