El deseo y su cumplimiento

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Anochece.José Javier Míguez Rego

Lectio divina desde el evangelio de este domingo de la Ascensión del Señor (Mateo, 28,16-20)

Deseo, una palabra preciosa y tergiversada por nuestra sociedad hedonista, pero que tiene un significado trascendente y decisivo dentro de la estructura de la persona y de la misma fe. Es Cristo resucitado quien ha marcado la máxima realización de este movimiento del corazón humano cuando ha ascendido al cielo. Descubramos cómo se esto nos revela en el evangelio de hoy:

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. (…) Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Hace un par de veranos hice una ruta de montaña con un grupo de amigos. Para concluir la jornada, celebramos la misa con la puesta del sol y dispusimos los sacos para dormir al raso en esa noche fresca. Las estrellas seguían acompañándonos con un brillo cada vez mayor, pues nos favorecía la altitud y la lejanía de cualquier poblado. Solo la montaña, el viento y las estrellas que giraban sobre nosotros, cansados y felices por la marcha del día. Me costaba conciliar el sueño, pues no paraba de dar gracias a Dios por un espectáculo como este. Entonces me incorporé por un momento y noté que el resto de mis amigos, a quienes creía ya dormidos, estaban igual que yo, sentados sobre sus sacos o de pie, mirando el firmamento con asombro. Lo que experimentábamos era el deseo en el sentido más genuino del término. Este proviene de “de-siderio”, que describe la atracción hacia lo sideral de quien se reconoce como parte de esta tierra y a la vez impulsado hacia el cielo. Porque en todos nosotros, tan atados a esta tierra de la cual nos creemos dueños, persiste el impulso hacia el infinito; pero no un infinito anónimo en que se diluye nuestro ser. Anhelamos la comunión personal con el Creador, es decir, un intercambio de amor libre y vivificante con Él. La fascinación hacia lo más alto y luminoso esa noche en la montaña con mis amigos era un eco del estupor y el anhelo de los discípulos en el monte al ver a Cristo ascender al cielo.

El evangelio de hoy revela tanto el misterio de la permanencia de Cristo entre nosotros como también su trascendencia con respecto a nuestro mundo. Por su cruz y resurrección él ha tendido el puente entre cielo y tierra que se había roto por nuestro pecado. Ha establecido una nueva comunión entre lo visible y lo invisible; sigue con nosotros, a la vez que se encuentra a la diestra del Padre. Por eso nosotros también podemos decir que estamos aquí, pero somos de más allá. Nuestro deseo de eternidad no es ilusión ni quedará frustrado; el camino ya ha sido abierto. Sin embargo, esto no nos hace despreciar nuestra condición presente, pues lo sobrenatural subyace a todo lo natural, elevándolo y trascendiéndolo, yendo más allá de lo que hasta ahora vivimos y encaminándonos hacia lo que podemos llegar a ser. Por eso tenemos el desafío de encontrar al Señor aquí donde él nos ha dicho que se quedaría en las diversas formas de su presencia: dentro de cada persona, entre los que se aman en su nombre, en su Palabra y en la Eucaristía, en los pobres, los enfermos y los cautivos con los que nos solidarizamos; en la fe y en la esperanza de su comunidad que le adora y guarda sus mandamientos.

Nosotros hoy, como entonces los discípulos, apenas creemos lo que todo esto significa. El evangelio nos dice que al ver esto ellos se postraron, pero algunos todavía dudaban. Creer en la resurrección de Cristo supone un camino de seguimiento hasta la cruz, cargados con nuestra propia cruz de cada día para participar de su victoria. Mantenernos en ascensión hacia Dios supone por no claudicar ante nuestras propias caídas ni las circunstancias adversas; pues el protagonismo no es de nuestra debilidad, sino de su fuerza. Implica también, como para mis amigos y yo esa noche en la montaña, seguir anhelando la luz que viene de mucho más allá de nosotros, a la vez que la hacemos presente mucho más acá. Es decir, conquistar lo eterno renovando este mundo, ascendiendo hasta el cielo por escalones de tierra. Así lo hizo Cristo paso a paso por los caminos del mundo, anunciando, sanando, perdonando. Por eso nos envía hoy para anunciar que este mismo impulso hacia la eternidad sí tiene un sentido cierto, pues ya él nos ha abierto el camino hacia el cielo. Porque este anhelo no lo se alcanza sólo mirando hacia arriba, sino asumiendo el compromiso concreto de vivir con coherencia aquello que creemos y por eso lo anunciamos sin temores ni medianías. Él estará con nosotros hasta el final de los tiempos.