Seis meses después, el Papa vuelve a ofrecer su audiencia con fieles presentes

Quinientas personas de diferentes nacionalidades han estado presentes en el Cortile San Dámaso dentro del Palacio Apostólico

La cita fue a las siete y media de la mañana en Via de la Conciliazione. Los controles al acceso ya estaban en marcha para dar la bienvenida a los quinientos fieles que tuvieron la suerte de estar presentes en la primera audiencia post- Covid.

Los asistentes eran de diversas nacionalidades, un grupo de monjas de Vietnam, una chica de Brasil, una familia de Inglaterra, grupos de españoles y de italianos, etc. El padre Alberto Munguía, procedente de Nicaragua, de la Diócesis de León, comentó que llevaba poco tiempo en Roma y que está realizando estudios eclesiásticos en la Universidad de la Santa Cruz y que para él “es una hermosa experiencia, un regalo de Dios acompañar al Santo Padre y estar delante de algunos fieles teniendo la oportunidad de encontrarse con ellos como a Él le gusta”

Fue un reencuentro con el Papa emocionante, todos estaban deseando a verlo.

Al ser un nuevo espacio en donde se celebró la audiencia, el Papa realizó el recorrido solamente a pie. Llegó en coche y al descender los asistentes le brindaron el primer aplauso. Francisco no dudó en acercarse a los fieles para saludarlos. Se podía apreciar su emoción.

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Después de tantos meses retomamos nuestro encuentro cara a cara y no pantalla a pantalla. Cara a cara. ¡Esto es bonito! La pandemia actual ha puesto de relieve nuestra interdependencia: todos estamos vinculados, los unos con los otros, tanto en el bien como en el mal. Por eso, para salir mejores de esta crisis, debemos hacerlo juntos. Juntos, no solos, juntos. Solos no, ¡porque no se puede! O se hace juntos o no se hace. Debemos hacerlo juntos, todos, en la solidaridad. Hoy quisiera subrayar esta palabra: solidaridad.

El papa remarcó que “Como familia humana tenemos el origen común en Dios; vivimos en una casa común, el planeta- jardín en el que Dios nos ha puesto; y tenemos un destino común en Cristo. Pero cuando olvidamos todo esto, nuestra interdependencia se convierte en dependencia de unos hacia otros, aumentando la desigualdad y la marginación; se debilita el tejido social y se deteriora el ambiente. Por tanto, el principio de solidaridad es hoy más necesario que nunca, como ha enseñado Juan Pablo II” .

De una forma interconectada, experimentamos qué significa vivir en la misma “aldea global”. Es bonita esta expresión: el gran mundo no es otra cosa que una aldea global, porque todo está interconectado. Pero no siempre transformamos esta interdependencia en solidaridad. Hay un largo camino entre la interdependencia y la solidaridad. Los egoísmos - individuales, nacionales y de los grupos de poder - y las rigideces ideológicas alimentan, al contrario, «estructuras de pecado»

Vivir en una “aldea global”

Su Santidad ha mencionado que “De una forma interconectada, experimentamos qué significa vivir en la misma “aldea global”; pero no siempre transformamos esta interdependencia en solidaridad. Los egoísmos - individuales, nacionales y de los grupos de poder - y las rigideces ideológicas alimentan, al contrario, «estructuras de peccato». No es solo cuestión de ayudar a los otros: se trata de justicia. La interdependencia, para ser solidario y fructífero, necesita raíces fuertes en la humanidad y en la naturaleza creada por Dios, necesita respeto por los rostros y la tierra.

Hizo también referencia a La Biblia que desde el principio, nos advierte. “El pasaje de la Torre de Babel describe lo que sucede cuando tratamos de llegar al cielo - nuestra meta - ignorando el vínculo con la humanidad, con la creación y con el Creador. Construimos torres y rascacielos, pero destruimos la comunidad. Unificamos edificios y lenguas, pero mortificamos la riqueza cultural. Queremos ser amos de la Tierra, pero arruinamos la biodiversidad y el equilibrio ecológico”.

Hizo mención a una historia medieval que describe este “síndrome de Babel” que dice que, durante la construcción de la torre, cuando un hombre caía y moría nadie decía nada. Sin embargo, si caía un ladrillo, todos se lamentaban. ¿Por qué? Porque un ladrillo era caro. Se necesitaba tiempo y trabajo para fabricar ladrillos. Un ladrillo valía más que la vida humana. Lamentablemente también hoy puede suceder algo parecido. Cae la cuota del mercado financiero y la noticia está en todas las agencias. Caen miles de personas por el hambre y nadie habla de ello.

Diametralmente opuesto a Babel es Pentecostés

Hizo referencia a la diferencia entre Babel y Pentecostés: “El Espíritu Santo, descendiendo del alto como viento y fuego, inviste la comunidad cerrada en el cenáculo, la infunde la fuerza de Dios, la impulsa a salir y a anunciar a todos a Jesús Señor. El Espíritu crea la unidad en la diversidad, crea la armonía. El otro no es un mero instrumento, mera “fuerza-trabajo”, sino que participa con todo su ser a la edificación de la comunidad. San Francisco de Asís lo sabía bien, y animado por el Espíritu daba a todas”.

La solidaridad hoy es el camino para recorrer hacia un mundo post-pandemia

Dice que la solidaridad está un poco desgastada y a veces se le interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos las personas, es más, a todas las criaturas, el nombre de hermano o hermana. Con Pentecostés, Dios se hace presente e inspira la fe de la comunidad unida en la diversidad y en la solidaridad. Una diversidad solidaria posee los “anticuerpos” para que la singularidad de cada uno - que es un don, único e irrepetible - no se enferme de individualismo, de egoísmo. La diversidad solidaria posee también los anticuerpos para sanar estructuras y procesos sociales que han degenerado en sistemas de injusticia o de opresión. Por tanto, la solidaridad hoy es el camino para recorrer hacia un mundo post-pandemia, hacia la sanación de nuestras enfermedades interpersonales y sociales.

Una solidaridad guiada por la fe nos permite traducir el amor de Dios en nuestra cultura globalizada, no construyendo torres o muros que dividen y después caen, sino tejiendo comunidad y apoyando procesos de crecimiento verdaderamente humano y solidario. En medio de crisis y tempestades, el Señor nos interpela y nos invita a despertar y activar esta solidaridad capaz de dar solidez, apoyo y un sentido a estas horas en las que todo parece naufragar. Que la creatividad del Espíritu Santo pueda animarnos a generar nuevas formas de hospitalidad familiar, de fraternidad fecunda y de solidaridad universal.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pido al Señor que nos conceda la gracia de una solidaridad guiada por la fe, para que el amor a Dios nos mueva a generar nuevas formas de hospitalidad familiar, de fraternidad fecunda y de acogida a los hermanos más frágiles, especialmente a los descartados por nuestras sociedades globalizadas.

Que Dios los bendiga.