Detenernos para avanzar

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Un trabajador de Cáritas Diocesana reparte alimentos a migrantes
Un trabajador de Cáritas Diocesana reparte alimentos a migrantes FOTO: Antonio Sempere Europa Press

Lectio divina para este domingo XVI del tiempo ordinario

¿Ha venido Dios a este mundo a descansar o para ayudarnos?

Cristo nos ayuda enseñándonos a armonizar la vida. Él nos muestra que el activismo puede resolver algunos asuntos, pero no transformar lo que somos desde lo profundo, con lo cual quedan sin resolverse nuestros mayores problemas. Lo que necesitamos es mantener la armonía entre lo que vivimos interiormente y lo que realizamos hacia afuera. En el amor a Dios, presente tanto en nuestro interior como en quien nos necesita, encontramos ese bendito equilibrio que nos hace ser lo que en verdad somos. Veamos cómo aparece esto en el evangelio de hoy:

«En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (Marcos 6, 30-34).

La vida en el Espíritu exige muchas pausas en el camino. Esto no es tiempo perdido, sino muy al contrario. Son oportunidades para ir dentro de nosotros mismos, restaurar las fuerzas, calibrar la brújula, otear el horizonte a alcanzar. Porque el verdadero descanso no es quedarnos sin hacer nada, sino dejar de hacer nosotros para dejar que haga Dios, tanto dentro como más allá de nosotros mismos. Desde aquí volvemos a encontrar tantas ocasiones para darle concreción al amor del que nos hemos llenado. Encontramos a los necesitados, nos surgen oportunidades para servir, retos para afrontar. Pero no nos disgregaremos en todo lo que hay por hacer, sino que procuraremos mantener la armonía entre la fuerza que nos mueve desde dentro y esa con la que nos ocupamos de lo de fuera. Comprobamos así la pertinencia de la frase clásica: agitur sequitur esse, el actuar viene después del ser. Cuidando y fortaleciendo lo que somos, actuamos en consecuencia y con propiedad. Por eso es necesario preguntarnos qué valor damos a esos necesarios momentos de reflexión y oración en nuestro día, en la semana, en el año, en los cuales podemos encontrarnos con nuestro ser. Y somos lo que ante Dios somos.

El período de vacaciones es propicio para recuperar las fuerzas del alma, y así armonizar el descanso físico y mental con nuestras necesidades más profundas. En la dirección espiritual suelo aconsejar que no dejen de tomar unos días o largos y gustosos momentos para retirarse a orar, examinar la propia vida delante de Dios y ponerse bajo su gracia. A algunos les recomiendo que visiten un monasterio, donde puedan examinar pausadamente su propia vida a la luz de algunos pasajes de la Escritura, además de rezar con los cantos litúrgicos, siempre propicios para elevar y despertar el alma desde sus fibras más profundas. También recomiendo un modo que personalmente es uno de mis favoritos: “Echar un retirete”, que es tan sencillo como ponerse las zapatillas, cargar la mochila con la biblia, un cuaderno y cantimplora, y salir al campo, la montaña o la orilla del mar, rezando el rosario, algún salmo o repitiendo una frase bíblica durante la marcha, intercalando con pausas para leer la Palabra de Dios detenidamente, apuntando lo que vayamos entendiendo, marcándonos propósitos y tomando nuevas decisiones. No se trata de hacer nada complicado, sino de entrar en nosotros mismos, donde habita Dios, para volver a salir de nosotros con una nueva claridad y prestos para vivir una mayor caridad. En definitiva, cada uno puede pedir a Dios encontrar el modo para volver dentro de sí mismo, encontrarle a Él, y desde allí disponerse a amar con todas las fuerzas renovadas.