Una mariposa para la resilencia

Las madres no están programadas para sobrevivir a los hijos e hijas. Si, además, le sumamos que la muerte es por una causa no natural y prevenible como el suicidio, imagínense, si pueden soportar la intensidad de ese dolor, la carga de sufrimiento que acarrean el resto de sus vidas.

Se añade el dolor y la vergüenza de la culpa. Preguntas ya sin respuesta, reproches injustos y un trasfondo de fracaso… Demasiada carga emocional, “¿no fue suficiente el amor, los cuidados, la atención, la preocupación?” “ojalá hubiera sabido hacer y decir aquello que diera la solución ¿pero el qué?” Revisar lo dicho y lo no dicho, lo hecho y lo que se dejó de hacer. La mirada de “los otros”, de los que no saben qué pasó o qué pasa, no es más benévola, ni justa, ni comprensiva. Es parte de un mecanismo de negación colectiva, nadie quiere pensar que también le puede pasar. Pero la vida es estadística (y cada año en España se quitan la vida más de 3.600 personas) Todo al final conforma una atmósfera de estigma.

Hoy quiero combatir el tabú y el estigma, y enviar una mariposa de esperanza… esperanza para muchas madres y tantos hijos. Una mariposa de esas que se tatúan con un punto y una coma como símbolo de resiliencia y de que la vida aún no ha terminado, que es una metamorfosis que nos hace más fuertes.

Hoy, Día Mundial de la Prevención del Suicidio, quiero repetir que hablar previene, y visibilizar y reconocer a las personas supervivientes en la figura de las madres. Las que han sobrevivido a la pérdida, y las muchas otras que hoy están dando soporte a sus hijos e hijas acompañándoles en el camino de la vida. Además de las madres, los padres, hermanos, hermanas, cónyuges, hijos, hijas, familiares y amistades… Porque por cada suicidio se estima que son afectadas directa o indirectamente entre 6 y 14 personas a su alrededor.