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Así es la esofagitis eosinofílica que ya se ha convertido en epidemia

Esta enfermedad rara que inflama el esófago por una reacción alérgica se ha multiplicado por diez en la última década, sobre todo en niños y jóvenes

Esofagia ATS
Esofagia ATSAntonio CruzLa Razón

Atragantarse es una angustiosa sensación que todos hemos podido sentir en algún momento, pero hay personas que viven con ese miedo de forma constante porque el esófago juega en su contra, hasta el punto de cambiarles la vida. El sencillo y automático gesto de tragar la comida, o incluso de pasar la saliva, se convierte en una odisea para las personas que sufren esofagitis eosinofílica (EoE), «una enfermedad rara que en apenas tres décadas se ha convertido en una verdadera epidemia, sobre todo entre niños y adultos jóvenes», advierte Alfredo Lucendo, jefe de Sección de Aparato Digestivo en el Hospital General de Tomelloso, en Ciudad Real, y presidente del Consorcio Europeo para las enfermedades eosinofílicas del tracto gastrointestinal (Eureos).

Lo peculiar de la EoE es que se trata de una enfermedad de nueva aparición, ya que, literalmente, no existía hace 40 años. «En 1993, dos investigadores por separado describen de manera independiente las características de esta patología, que no es una variante de otras, sino que tiene entidad propia», asegura Lucendo. En concreto, «se trata de una patología crónica de base inmunológica que provoca la inflamación del esófago, con síntomas como la dificultad para tragar, dolor –sobre todo en los menores–, así como disfagia, impactación alimentaria y lesiones en el interior del esófago por la acumulación de eosinófilos», explica Sergio Casabona, médico adjunto del Servicio de Aparato Digestivo del Hospital La Princesa de Madrid, especializado en esta patología.

Pero la esofagitis eosinofílica no solo se ha colado en la lista de nuevas enfermedades, sino que ya se ha convertido en un verdadero tsunami. «En la actualidad representa la causa más común de disfagia y de impactación alimentaria en niños y adultos jóvenes, mientras que se trata de la segunda forma de enfermedad esofágica más común tras el reflujo gastroesofágico», detalla Santiago Quirce, miembro de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (Seaic), quien recuerda que, «aunque el diagnóstico de esta enfermedad recae en los servicios de alergología, es fundamental su abordaje multidisciplinar».

Crecimiento exponencial

Las cifras no dejan lugar a dudas. «La incidencia de esta enfermedad no ha dejado de aumentar, alcanzando hoy en día una prevalencia de más de un afectado por cada 850 habitantes, tanto en niños como en adultos, cuando hace apenas pocos años estaba presente en una de cada 2.000 personas», apunta Lucendo. «Según la comparación de los últimos estudios vemos que el número de casos se ha multiplicado por más de diez en apenas dos décadas. Y la tendencia es que siga al alza a un ritmo vertiginoso», alerta el especialista de La Princesa.

La pregunta del millón es, ¿a qué responde esta nueva patología que se ha extendido como la pólvora? «Se trata de una cuestión difícil de responder, pero todo apunta a que entran en juego factores ambientales y genéticos que están desestabilizando nuestro sistema inmune, como la mayor exposición a los antibióticos desde edades muy precoces, a la contaminación, al cambio de hábitos dietéticos...», sospecha Casabona.

En esta línea, Lucendo añade que «existe una teoría que trata de explicar por qué cada vez hay más enfermedades de base inmunológica y que relaciona la aparición de estas patologías con que haya menos infecciones, que son la forma de enseñar a nuestro sistema inmune a diferenciar entre lo peligroso y lo inocuo. Cuando no hay agentes infecciosos a los que enfrentarse, gracias a las medidas de higiene generalizadas, se ha reducido la mortalidad, pero comienzan a aparecer trastornos autoinmunes en los que los linfocitos reaccionan de manera aberrante frente a cosas con las que no deberían comportarse así. En este caso vemos que aparece frente a alimentos que se llevan consumiendo miles de años sin ningún problema y tan básicos como la leche, el trigo, los huevos y las legumbres, por este orden, aunque también puede aparecer en casos más excepcionales como el pescado, los frutos secos o incluso el polen», razona Lucendo. ¿Por qué? «Pues probablemente por las nuevas formas que tenemos los humanos de relacionarnos con los alimentos, cada vez más procesados y menos naturales, lo que altera el sistema inmune hasta provocar la inflamación del esófago deteriora su función», se atreve a justificar el presidente de Eureos.

Lamentable retraso diagnóstico

Pese al frenético aumento de los casos de EoE en nuestro país, «sigue siendo una enfermedad ampliamente desconocida en distintos entornos sanitarios, lo que provoca un retraso diagnóstico intolerable», lamenta Lucendo, quien también colabora con la Seaic. De hecho, según apunta el especialista, se estima que se tarda una media de siete años en poner nombre y apellidos a esta patología.

Y el retraso diagnóstico no es una cuestión baladí, ya que «pacientes que se diagnostican con una demora de entre cero y dos años tienen una probabilidad de presentar una estenosis en el esófago de un 17%, mientras que en aquellos que tardan más de 20 años en diagnosticarse y, por tanto, en tratarse, la posibilidad de encontrar una estenosis es del 70%. De hecho, un análisis realizado en EE UU estima que por cada diez años que la enfermedad está sin tratar se multiplica por dos el riesgo de que pueda haber una estenosis y eso se traduce en más síntomas, más riesgo de impactación alimentaria y una menor calidad de vida de los afectados», recuerda Casabona.

Las pistas que pueden servir de voz de alarma para poner en el radar de especialistas y pacientes las palabras esofagitis eosinofílica son varias. La edad y el sexo influye, «ya que es tres veces más frecuente en varones que en mujeres y suele aparecer a edades tempranas. De hecho, la enfermedad tiene dos picos de incidencia de diagnóstico, que son en la infancia, en torno a los seis años, y entre los 20 y los 30, pues es cuando empieza a dar la cara la inflamación del esófago que fue acumulándose desde años atrás», apostilla Lucendo. Además, hay otros factores que suman papeletas a la hora de padecer esta patología, como el hecho de sufrir asma, dermatitis atópica, rinitis u otras alergias alimentarias.

«Con todos estos antecedentes, si un varón joven tiene síntomas de disfagia o sufre una impactación alimentaria o atragantamientos con cierta frecuencia hay que sospechar que padece esta enfermedad y hacer las pruebas pertinentes, ya que muchas personas tienden a cambiar su dieta o dejan de comer ciertas cosas sin pensar en que algo más grave puede estar detrás», recomienda Lucendo. Para confirmarlo, a día de hoy se tienen en cuenta los síntomas y se realizan pruebas como la biopsia endoscópica, «en la que se comprueba que aparezca un determinado número de eosinófilos, un tipo de glóbulo blanco, que se ha estipulado en más de 15 para establecer el diagnóstico de la enfermedad», detalla Casabona.

Abordaje terapéutico

Una vez diagnosticado, el calvario de los pacientes empieza a diluirse, al menos para la mayoría de ellos, ya que existen alternativas terapéuticas que, con una buena adherencia y control médico, permiten tener una buena calidad de vida, a pesar del impacto psicológico que implica enfrentarse a una enfermedad sin cura. «Como es tan común, se está investigando mucho en los últimos años y hay soluciones esperanzadoras. Una opción es la restricción dietética de los alimentos que provocan la inflamación. Es lo más natural, pero también con la que más se tarda en controlar la enfermedad y la que más puede deteriorar la calidad de vida en caso de restricciones alimentarias muy extensas», admite Casabona.

Desde el punto de vista farmacológico hay varias alternativas. «La más común es optar por los inhibidores de la bomba de protones, como la familia del omeprazol, baratos y conocidos por todos, aunque sólo son eficaces para la mitad de los afectados», reconoce el especialista de La Princesa. Por ello, la otra alternativa es la de optar por los corticoides por su efecto antiinflamatorio, «aunque el reto en este caso es el de su aplicación local en el esófago, por lo que ha costado encontrar alternativas eficaces», admite Lucendo. De hecho, un nuevo fármaco de budesonida en comprimidos bucodispersables es la última esperanza para los pacientes, ya que muestra una eficacia del 85%. «Ya está disponible en España, aunque ha llegado con retraso y con unas condiciones para su prescripción y financiación demasiado restrictivas, lo que dificulta su acceso a todos los pacientes que lo necesitan», critica Lucendo. Y hay que seguir alzando la voz porque existen fármacos biológicos basados en anticuerpos monoclonales aprobados por la FDA y la EMA que han demostrado ser muy eficaces, pero que no están disponibles todavía en nuestro país y me temo que tardará», lamenta el presidente de Eureos.

La dura travesía de Carlos por culpa de la esofagitis eosinofílica

► La vida de Carlos Solas dio un vuelco con apenas 19 años. Un atragantamiento fue el inicio de su odisea con la comida y la punta del iceberg de lo que escondía su cuerpo. Sin saberlo, la EoE ya había dañado su esófago, lo que le llevó a acabar en urgencias en varias ocasiones por impactación de alimentos, pero sin encontrar una explicación a lo que le ocurría, por lo que empezó a limitar su dieta. «Cogí tanto miedo que sólo comía sopa y perdí muchísimos kilos», recuerda con angustia el joven almeriense, que ya tiene 34 años.

Carlos Solas, paciente con esofagitis eosinofílica
Carlos Solas, paciente con esofagitis eosinofílicaArchivoArchivo

Dos shocks anafilácticos le hicieron acabar en alergología, aunque fue un especialista digestivo el primero que puso nombre a su enfermedad. «Pero ni unos ni otros le dieron importancia, porque los médicos desconocían qué implicaba. Estuve diez años sin tratamiento, solo con una dieta tan restrictiva que apenas podía comer nada». Hasta que en plena pandemia su esófago acumuló tanta inflamación que le costaba incluso tragar saliva. «Desesperado, investigué, me involucré en la Asociación Española de Esofagitis Eosinofílica y conseguí una derivación al Hospital La Princesa de Madrid. Fue la mejor decisión de mi vida», relata emocionado al recordar «el gran trato humano recibido desde entonces, pues el impacto psicológico ya era muy grande y estoy en tratamiento por depresión». El camino sigue sin ser fácil, pues los tratamientos convencionales no son eficaces en él, lo que le ha llevado a necesitar este año varias dilataciones del esófago. «Mi esperanza está en la investigación y en la llegada nuevos fármacos biológicos que aún no están disponibles en España. Necesitamos que esa innovación llegue a los pacientes cuanto antes», reclama a la administración.