¿Cómo ha afectado el uso de mascarillas a los menores de edad?

Los protectores buconasales no siempre dejan interpretar emociones ajenas y eso puede perjudicar sus relaciones. ¿O no?

Con el uso de las mascarillas, los niños pierden mucha información gestual
Con el uso de las mascarillas, los niños pierden mucha información gestualJesús G. FeriaLa Razon

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay unos 7 millones de menores (entre 0 y 14 años). Si bien hay una franja de edad en la que no están obligados a usar mascarilla, casi cinco millones sí la llevan. Y a eso hay que sumarle casi 40 millones más, los adultos. En la vía pública, en hospitales, escuelas, tiendas, etc. los menores se cruzan a diario con mayores y con otros niños que solo dejan ver su mirada. ¿Es suficiente para que reconozcan las emociones ajenas? ¿Qué consecuencias puede traer a largo plazo para su desarrollo de la empatía o para identificar emociones?

Hasta ahora, por razones lógicas, los científicos se centraron en las poblaciones más vulnerables al SARS-CoV-2, en sus efectos y en las vacunas. Los menores de edad, al no ser población de riesgo, fueron dejados en segundo plano para muchos estudios.

Sin embargo ahora, un equipo de expertos del Laboratorio de Emociones Infantiles de la Universidad de Madison, liderados por Ashley Ruba, ha publicado un estudio en el que ha intentado responder a esta pregunta.

El equipo de Ruba ha contado con un centenar de menores de entre 7 y 13 años que se enfrentaron a rostros mostrando diferentes emociones. Algunos no llevaban máscara, otros sí y un tercer grupo llevaba gafas de sol. Se seleccionó este rango de edad porque es cuando se produce un cambio en la interpretación de la información que obtenemos mediante la vista para analizar emociones ajenas.

Cuando interpretamos las emociones, los seres humanos somos particularmente sensibles a los ojos y a la musculatura que los rodea, incluso cuando las máscaras cubren la boca y la nariz. Sin embargo, concentrarse solo en los ojos puede ser insuficiente para algunas inferencias emocionales. A partir de los 7 años, si las configuraciones faciales son ambiguas o sutiles, nuestra atención se centra también en otros rasgos faciales que pueden proporcionar información adicional. Por ejemplo, para diferenciar entre los ojos muy abiertos por miedo o por sorpresa, prestamos atención tanto a los ojos como a la boca. Esta última también es determinante para identificar la felicidad, al igual que la respuesta de la nariz lo es para señalar emociones vinculadas al asco.

A partir de los 3 años los niños muestran ya una habilidad clara para interpretar emociones solo a partir de los ojos, algo que se pierde a partir de los 5 años, cuando comienzan a necesitar de otras claves. Un estudio incluso encontró que los niños de 3 a 4 años eran más precisos al inferir felicidad, tristeza y sorpresa de los rostros cuando los ojos estaban cubiertos por gafas de sol. Todo esto lleva a pensar en el impacto del uso de máscaras, sobre todo cuando se cubren características físicas (ojos, nariz o boca) que emiten señales claves.

«Sin embargo –explica Ruba en un comunicado– ahora estamos ante una situación en la que los adultos y los niños tienen que interactuar todo el tiempo con personas cuyas caras están parcialmente cubiertas, y muchos adultos se preguntan si eso va a ser un problema para el desarrollo emocional de los niños».

De acuerdo con los resultados del estudio, lo menores pudieron identificar correctamente las emociones en los rostros sin mascarillas y a la hora de interpretarlas en aquellos que sí las llevaban o tenían gafas de sol, las cifras no variaron tanto como se esperaba. En total se estudiaron 6 tipos de emociones: felicidad, ira, disgusto, tristeza, sorpresa y miedo.

Las variaciones en los resultados, señalan los autores, reflejan diferencias en la forma en que nuestro rostro transmite la información emocional. Las gafas de sol dificultan la identificación de la ira y el miedo, lo que sugiere que los ojos y las cejas son importantes para esas expresiones faciales. El miedo, que a menudo se confunde con la sorpresa, también fue lo más difícil de detectar para los niños cuando se ocultaba detrás de una mascarilla.

«Las emociones no se transmiten únicamente a través del rostro –confirma Ruba–. Las inflexiones vocales, la forma en que alguien posiciona su cuerpo y lo que sucede a su alrededor, toda esa otra información nos ayuda a hacer mejores predicciones sobre lo que alguien siente», subraya. Toda esta información se suma a que el cerebro de los menores aumente sus capacidades de interpretación de las emociones ajenas.

Resulta interesante comparar las emociones para comprender cuáles les resultan más importantes en su día a día. Por ejemplo, la ira era la que más fácilmente reconocían, no solo por encima de otra negativa, sino también por encima de todas las demás. Esto tiene una explicación evolutiva: ante esta emoción el cerebro y el cuerpo de los menores se prepara para una amenaza y por ello es tan importante que la reconozcan con rapidez. El miedo, la segunda en número de aciertos, tiene también una explicación similar: si quienes nos rodean sienten miedo, más nos vale prepararnos.

El estudio contó con voluntarios de ambos géneros, diferentes procedencias económicas y de raza. Y no hubo diferencias. «Espero que ayude a tranquilizar a muchas familias –concluye Ruba– . Los niños son realmente resilientes. Pueden adaptarse a la información que se les da, y no parece que el uso de máscaras disminuya o impacte de forma negativa en su desarrollo».