Cuando la clausura no llega a fin de mes

La venta online está rescatando a conventos en números rojos que han tenido que pedir alimentos y otras ayudas para sobrevivir a la pandemia económica

Thumbnail

El confinamiento de hace un año las dejó con lo puesto. Su hábito y poco más. Su rutina diaria apenas cambió, salvo la acogida de peregrinos para las eucaristías y los encuentros en el locutorio. Aquello de no salir de casa lo tenían integrado por vocación. Pero se frenaron en seco los ingresos. Las concepcionistas de Osuna vendían sus célebres bizcochos marroquíes a través del torno y del turismo que les llegaba de los hoteles de la localidad sevillana. Se acabó. Sin embargo, las facturas del agua, de la luz y del mantenimiento de un edificio del siglo XVI no cesaron.

«Nos quedamos desconcertadas, se nos vino el mundo encima como a tantas familias y pequeños autónomos que se están hundiendo porque no pueden trabajar. Es verdad que nos apañamos con poquito para comer y vestirnos, pero hay gastos adicionales que no podemos reducir», explica la madre María Dolores, abadesa del convento de la Purísima Concepción. «Al principio, intentamos salir adelante como podíamos de lo poquito que teníamos guardado». Apretaron todavía más el cinturón de una vida austera y echaron mano de los pocos ahorros que les quedaban. Pero ni con esas. Y es que, de unos años para acá el colchón de la vida contemplativa se ha esfumado. Ya no hay donativos como los de antaño, tampoco se consumen tantos dulces conventuales, el envejecimiento de las monjas hace que haya menos manos para trabajar y sí más hermanas dependientes… De ahí que el cerrojazo al que se ha sometido España en este último año se haya convertido para la inmensa mayoría de los monasterios en una prueba de su supervivencia y de fe.

«He intentado no crear un ambiente de agobio entre las hermanas. Somos conscientes de esta crisis e intentamos vivir con paz y serenidad para que no afecte a la vida comunitaria. Él siempre va a salir y ha salido a nuestro encuentro en los momentos más difíciles», expresa la abadesa, que como responsable de sus 12 hermanas –seis de ellas africanas–, admite que sí ha sentido angustia «cuando veía que no llegábamos a fin de mes para pagar».

Hasta tal punto que, en el caso de las concepcionistas, tuvieron que lanzar una llamada de auxilio en verano para salir del bache. «Confiamos en el Señor, pero tenemos que colaborar con nuestro trabajo, la solución a nuestros problemas no nos va a caer del cielo», sentencia María Dolores, superiora proactiva donde las haya.

Por un lado, encontraron la ayuda de la Conferencia Episcopal, desde la Comisión de Vida Consagrada. A través de la directora del secretariado y esclava del Sagrado Corazón de Jesús, María José Tuñón, se analizó su caso y se les echó una mano para pagar las cuotas atrasadas de la Seguridad Social. Por otro, el padre Ángel que, a través de Mensajeros de la Paz, les dotó de alimentos a ellas y a otros trece conventos. Son esas otras colas del hambre que nadie ha visto, las de la clausura. «Lo hemos pasado realmente mal, sobre todo, porque yo no quiero estar pidiendo limosnas. Siempre hemos vivido de nuestro esfuerzo y queremos seguir autogestionándonos con nuestro trabajo», reivindica la madre María Dolores. Un anhelo que parece encauzarse.

Y todo gracias a que un día Antonia Fernández y Pino Prados se acercaron a la iglesia madrileña de San Antón, templo cedido a Mensajeros de la Paz. Sabedoras del reparto de desayunos y comidas de la ong del Padre Ángel, querían ofrecer aquellos productos conventuales perecederos que vendían en su web (losdulcesdemiconvento.es), tenían una fecha próxima de caducidad y veían que no iban a vender para que se pudieran consumir entre quienes más lo necesitaran. De una conversación a tres, el sacerdote les instó a salir al rescate de otros monasterios que se estaban ahogando por falta de recursos para vender sus productos artesanales, entre ellos, las concepcionistas de Osuna. «Tanto nosotras como ellas tenemos claro que no queremos vivir de limosnería sino con manos, con un trabajo cuya calidad está muy por encima del que se hace en el sector», expone Antonia. «Nos dedicamos a digitalizar negocios locales y al ver que las religiosas lo estaban pasando mal nos dimos cuenta de que podíamos resolver una necesidad: los clientes podían tener a golpe de clic un dulce en menos de 48 horas en cualquier punto», completa Pino, que ya prestan sus servicios a unos 35 monasterios.

«Llevamos poquito tiempo, pero ya nos está suponiendo una ayuda para sobrevivir. Es un regalo tener a mujeres emprendedoras que tienen aprecio a la vida contemplativa y no nos ven solo como productoras de dulces. Es la parte positiva de la pandemia: gente creativa y entregada por los demás», expresa algo más tranquila la abadesa, que también agradece cómo el pueblo andaluz y las parroquias se han volcado en Navidad para consumir dulces contemplativos. No es para menos. El bizcocho marroquí que elaboran es una ‘delicatessen’ con una receta secreta desde el siglo XVIII de la que solo se saben sus ingredientes fundamentales: azúcar, huevos y almidón de trigo. Sin conservantes ni colorantes, como ellas. La media docena de bizcochos, 8 euros. Y 14, la docena.

Las religiosas cistercienses del monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid
Las religiosas cistercienses del monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid©Gonzalo Pérez MataLa Razón

Antonia y Pino también están detrás del aumento de la venta online de las magdalenas y bizcochos del convento de San Joaquín y Santa Ana en Valladolid. A las cistercienses de San Bernardo también se les puso cuesta arriba el confinamiento. «Dejamos de trabajar, no venía nadie al monasterio, los ingresos se redujeron drásticamente, estuvimos bastante meses sin venta», comparte sor María Luisa de Antonio Peña, responsable del obrador.

Las diez hermanas tampoco podían contar con los ingresos del alquiler del restaurante que se ubica en los bajos del edificio, también cerrado por el coronavirus. «La gente y los hosteleros nos traían comida, mientras nosotras apurábamos los ahorros, reducíamos gastos y nos planteábamos vender algunas propiedades», expresa la monja cisterciense sobre lo vivido: «Afortunadamente al relajarse las medidas, son muchos los que se han acordado de nosotras. Como persona, este contexto te llena de interrogantes, pero la oración y la esperanza en Dios sostiene y consuela».