Un futbolista, en la “superliga” de Francisco

El Papa ordena a nueve sacerdotes, entre ellos, a un joven que quería ser guardameta

Los sacerdotes miran hacia el suelo durante la ceremonia de ordenación en la Basílica de San Pedro de ayer
Los sacerdotes miran hacia el suelo durante la ceremonia de ordenación en la Basílica de San Pedro de ayerFABIO FRUSTACIEFE

La vida suele ser una cuestión de elecciones. Y a Samuel Permarini también le tocó decantarse. Hace una década era un prometedor futbolista. Entrenaba cada día para ser portero profesional. El 23 de enero de 2010 llegó a su casa un fax de la Roma, el principal equipo de la capital italiana. Necesitaban un guardameta para un campeonato sub-17 y estaban dispuestos a ficharle. Hay muchos que quedan por el camino, pero en el horizonte se anunciaba una vida de fama, dinero y compromiso con el equipo de la infancia, la ilusión de cualquier chico que sueña con el fútbol. Él, sin embargo, ya había escogido. Estaba a punto de entrar en el seminario y no cambió de opinión. Ayer, a esa otra carrera también le llegó su momento de gloria. El Papa le ordenó sacerdote, junto a otros ocho clérigos, en la basílica de San Pedro.

«No tenía ganas de trastornar mi vida, me di cuenta de que quería hacer otra cosa», explicó hace unos días Piermarini a la prensa. Aún no había cumplido la mayoría de edad y Gianlugi Buffon, el eterno portero de la Juventus, era su ídolo. «Strarmaccioni –el entrenador– seguro que pensó que era tonto», confiesa. Si bien, un año más tarde la llamada que llegó a su casa procedía del seminario. Lo habían aceptado. «Sentí que ese era el camino, me sentía realizado», remacha.

No habrá conseguido defender la portería de ningún equipo de primera fila, pero en este tiempo ha tenido la oportunidad de matar el gusanillo en la Clericus Cup, el torneo de fútbol para seminaristas que organiza el Vaticano. Por supuesto, Permarini era el Buffon de la competición.

Su historia inspiró al Papa en la misa celebrada ayer en San Pedro para conmemorar la ordenación de estos nueve sacerdotes. A todos ellos les pidió que no pensaran en su nueva tarea como una «carrera eclesiástica», sino como un servicio a la sociedad. «Apartaos de la vanidad, del orgullo del dinero, el diablo entra por los bolsillos, pensad en eso», les dijo. Francisco aseguró que la Iglesia debe estar llena de «pobres que aman a los pobres». De lo contrario, «te conviertes en funcionario» y «cuando el sacerdote pasa a ser el empresario de la parroquia o del colegio, pierde esa cercanía al pueblo».

Si hace apenas unos meses el Papa beatificó a Carlo Acutis, un joven «influencer» con el que el Vaticano buscaba acercarse a los más jóvenes, en esta ocasión se trata de subrayar que la vocación religiosa va más allá de carreras de relumbrón. Junto a Piermarini, por ejemplo, también se encontraba el exdirector de cine italiano Riccardo Cendano, que decidió cambiar las cámaras por la sotana.

La ceremonia se celebró en el altar de la Cátedra, el principal de la basílica de San Pedro, que no se utilizaba desde el principio de la pandemia. Más tarde, en el Ángelus, Francisco condenó la vergüenza por la muerte esta semana de 130 migrantes ahogados en el Mediterráneo.