Cien años no es nada

Si usted quiere vivir más de un siglo puede empezar por cerrar el pico. Todos los estudios apuntan a la frugalidad como uno de los acicates de la longevidad, aunque en esto, como en casi todo, mandan los genes

Nos encanta pensar que los centenarios, aquellas personas que llegan a cumplir los cien años, son gente que no se cuida. Que fuman, beben y comen lo que les da la gana sin inmutarse. Cuando sale este tema, todo el mundo tiene una historia sobre un familiar o un vecino de su pueblo que llegó a anciano contra todo pronóstico. En realidad, esta leyenda urbana es verdad en parte. La ciencia ha descubierto que las personas que sobrepasan el siglo comparten un tipo de genes de primera división que les protegen contra los malos hábitos y que explicarían su forma óptima de envejecer. Lo habitual es que este tipo de personas no tenga apenas achaques hasta un par de meses antes de morir. Es el final soñado por todos, ser autónomo hasta prácticamente el último día que dura la vida.

Lo que nos ocurre al resto de los mortales es, básicamente, que tenemos que cuidarnos nosotros mismos al carecer de esa guardia pretoriana en forma de genes. Y aquí entran en juego los dos clásicos: comer menos y hacer ejercicio. De hecho, la última moda del semiayuno, que implica condensar en ocho horas las calorías que consumimos en todo el día, va en la misma línea y parece de probada eficacia porque damos al cuerpo la oportunidad de limpiar las células, otra de las habilidades que los longevos traen de fábrica.

La persona más duradera de toda la historia se llamaba Jeanne Calment, era francesa y reunía muchas de las características tipo de este selecto club. Ella fue más bien una supercentenaria porque sobrepasó los 110 años. Falleció con 122 años y 164 días. Se trataba de una mujer, como el 80 por ciento de los centenarios y el 96% de los supercentenarios. Además, fumó hasta bien entrada la senectud. Dejó el hábito a los 117, montó en bici hasta los 100 y practicó esgrima hasta los 85. Aparte del tabaco, al parecer su otro vicio era el chocolate negro; llegaba a comer casi un kilo a la semana.

No hay duda de que la gran mayoría firmaríamos poder dejar este mundo lo más tarde posible, pero, sobre todo, en las mejores condiciones posibles. Se trata, al fin y al cabo, de llegar a viejos lo más jóvenes posible.