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Europa desciende a Marte

Tras 56 millones de kilómetros de viaje, nuestro continente aterrizará en el planeta rojo. Después de separarse ayer del satélite TGO, la sonda Schiaparelli aterrizará este miércoles.

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Tiempo de lectura 5 min.

17 de octubre de 2016. 00:36h

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16/10/2016

En la misma semana en que Barack Obama ha anunciado el envío de seres humanos a Marte para el año 2030, Europa ya ha emprendido el descenso al planeta rojo. La misión ExoMars, proyecto de la Agencia Espacial Europea (ESA) y la agencia espacial rusa Roscosmos, ha entrado en su fase crítica. Tras siete meses de viaje conjunto, cuando partieron a bordo de un lanzador Protón, el satélite Orbitador de Gases de Traza (TGO) y el módulo de entrada, descenso y aterrizaje Schiaparelli se separaron ayer, a unos 900.000 kilómetros de Marte. «Podemos confirmarlo», dijo ya cercanas las 17:00, hora española, Michael Denis, director de vuelo de la ESA, desde el centro de control de operaciones en Darmstadt (Alemania). Con algunas dosis de suspense –el retraso de las comunicaciones son de al menos nueve minutos–, la ESA confirmó unas dos horas después que estaban recibiendo también los datos de telemetría –la medición de las magnitudes físicas–. Los aplausos sonaron con fuerza en las oficinas centrales de Darmstadt. ¿Conclusión? Previsiblemente en tres días, Schiaparelli se posará sobre la superficie marciana. Europa habrá puesto un pie en el planeta rojo. De lograrlo, culminando así un viaje de 56 millones de kilómetros, será la primera vez que nuestro continente lo consigue.

La misión ExoMars tratará de responder a una de las preguntas que la humanidad se hace desde que comenzó la carrera espacial: ¿existe vida, presente o pasada, entre ese montón de rocas y tierra rojiza? En realidad, la de ayer es la primera fase del proyecto, que continuará con una segunda que culminará con el aterrizaje de un rover en 2020. Desde ayer, el satélite TGO estará orbitando en torno al planeta, a unos 400 kilómetros de altitud. Sus medidores tratarán de comprender mejor los gases de traza: el metano, el vapor de agua, los óxidos de nitrógeno, el acetileno... Es cierto que su atmósfera los alberga en muy pequeñas concentraciones –en torno al 1%–, pero podrían ser claves a la hora de revelar la actividad de procesos biológicos y geológicos. Y es que, como apuntan los científicos, el metano podría proceder de microorganismos que, o bien se extinguieron hace millones de años atrás y dejaron como legado el gas congelado por debajo de la superficie del planeta, o bien que algunos organismos productores de metano todavía sobrevivan. Por ello, no se descarta la presencia de vida de tipo bacteriano. Del mismo modo, TGO estudiará las variaciones estacionales de la temperatura.

¿Y Schiaparelli? Bautizado en honor del homónimo astrónomo italiano, el módulo se reserva ahora el papel protagonista. Después de separarse ayer de TGO, Schiaparelli se dirige ahora a Marte en modo de hibernación, con el fin de ahorrar energía. Sólo será activado este miércoles, pocas horas de entrar en la atmósfera, a unos 122 km de altitud. A partir de ahí, serán seis minutos de descenso. Schiaparelli comenzará su descenso a una velocidad de 21.000 km/h, que irá aminorándose a medida que se acerque a su destino. Durante este camino, deberá activar uno de sus dos escudos térmicos contra el calor, de los que se desprenderá, abrirá su paracaídas e irá frenándose gracias a un sistema de propulsión. Los dos últimos metros serán en caída libre. Por ello, cuenta con una estructura deformable para evitar daños en su estructura.

La zona de aterrizaje es una llanura conocida como Meridiani Planum. Se trata de un área de especial interés, pues cuenta con una antigua capa de oligisto, un óxido férrico que en nuestro planeta puede hallarse en torno al agua.

Ya en la superficie del planeta, el módulo cuenta con una serie de sensores para estudiar ese entorno. Desde la ESA reconocen que «las posibilidades científicas de Schiaparelli son limitadas, debido a la carencia de energía a largo plazo y la cantidad determinada de espacio y recursos» que pueden acomodarse dentro de su estructura. Sin embargo, subrayan también la «utilidad» de la información que pueden detectar los sensores. Y, por supuesto, supondrá una fuente de información fidedigna, hecha directamente sobre el terreno, de las condiciones en las que se puede ejecutar un aterrizaje sobre el planeta, lo que repercutirá en futuras misiones.

Y es que las dificultades a las que se han enfrentado los técnicos han sido especialmente complejas. Aunque esta sea la primera vez que una misión europea aterriza en Marte –o, al menos, que aterriza con éxito–, se trata del segundo intento. En junio de 2003, la ESA lanzó la sonda Beagle 2, dentro del programa Mars Express, y cuya finalidad no era muy distinta a la de la misión ExoMars: búsqueda de signos de vida, estudiar el clima y analizar la composición química y geológica del planeta. Después de que fuera imposible establecer comunicación con la nave, fue declarada perdida en febrero de 2004. Ya en enero del año pasado, casi doce años después de su lanzamiento, se resolvió el misterio: acabó aterrizando, sí, pero a seis kilómetros del punto que estaba planeado.

Está previsto que el módulo sobreviva en la superficie marciana durante un período limitado de tiempo. Concretamente, sus instrumentos operarán entre dos y ocho soles, que es como se conoce a los días marcianos. Y es que, el equivalente marciano a nuestros días terrestres es de 24 horas y 39 minutos por jornada.

En todo caso, las comunicaciones de Schiaparelli tendrán el apoyo del satélite europeo Mars Express y del satélite de transmisión estadounidense NASA Relay Orbiter. Además, mantendrá un enlace de comunicaciones con el TGO, el cual, a su vez, enviará los resultados al centro de control de la misión. Una vez que haya descargado sus datos, su labor habrá finalizado.

Por su parte, TGO contará con una vida más larga. De hecho, se prevé que su misión científica comience a partir de 2017 y se prolongue hasta 2022. De hecho, la ESA espera que este satélite sirva de apoyo a la segunda fase de la misión ExoMars, cuando un rover aterrice sobre el planeta. Será el primero que podrá moverse a través de la superficie del planeta y, a la vez, perforar el suelo para recoger muestras y analizarlas.

Con un presupuesto total de 1.300 millones de euros, la misión ExoMars tiene además una doble lectura, totalmente extracientífica. Constituye una estrecha colaboración entre la UE y Rusia en un momento en que las relaciones políticas y diplomáticas entre ambas son especialmente difíciles. El papel ruso en el conflicto sirio, por el que la UE pide duras sanciones contra el país presidido por Vladimir Putin, y las tensiones con Ucrania, que parecen cronificadas, parecen haber edificado un muro que separan al continente y al país. Quizá, un objetivo fijado a millones de kilómetros, como es la llegada a Marte pueda lograr –o al menos aspirar– estrechar unos lazos que, al menos en nuestro planeta, parecen rotos.

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