Tambora, el volcán que nos dejó sin verano

Estalló en la isla de Sumbawa, actual Indonesia, en 1815, aunque su lejanía con Europa no fue ningún impedimento para que sus consecuencias llegaran un año después hasta el Viejo Continente, que se tambaleó cultural y económicamente

Cráter del volcán Tambora (Indonesia)
Cráter del volcán Tambora (Indonesia)

Estalló en la isla de Sumbawa, actual Indonesia, en 1815, aunque su lejanía con Europa no fue ningún impedimento para que sus consecuencias llegaran un año después hasta el Viejo Continente, que se tambaleó cultural y económicamente

Cada vez que se le da un nombre a 1816, más estremecedor parece: «el año sin verano», «el año de la pobreza», «Mil Ochocientos y Muertos de Frío»... Etiquetas que alguna vez se le pusieron a ese año en el que se produjo la confluencia de lo peor que le puede ocurrir climatológicamente a un continente. Uno de esos en los que, desde el punto de vista atmosférico, todo sale mal, aparentemente: la tormenta perfecta de todas las tormentas perfectas.

El destino decidió que esos doce mese coincidiesen una serie de fenómenos inusuales, pero naturales: erupciones volcánicas, la actividad magnética del Sol, la distancia errática entre la Tierra y su estrella. Todo se confabuló para generar uno de los años más duros de la Historia para sobrevivir en el hemisferio norte. Entonces no se tenían los conocimientos científicos suficientes para saber por qué les estaba ocurriendo esa cascada de desastres. De hecho, hoy la ciencia tampoco puede dar una explicación completa de aquello.

Estrella con vida

Para empezar a entender el contexto en que se produjo la crisis climática hay que mirar al Sol. Nuestro astro rey se comporta, en parte, como un ser vivo y dinámico. Su actividad sigue ciclos de altas y bajas relativamente periódicos. Desde 1790 a 1830 nuestra estrella de referencia vivió un continuado periodo de escasa actividad. Se conoce a este periodo como Mínimo de Dalton. Es decir, en 1816, el Sol llevaba ya más de dos décadas latiendo en su régimen energético más bajo, calentando a los planetas que lo rodean menos que en las fases de mayor actividad. Por sí solo, este dato no es suficientemente significativo. Desde hace miles de millones de años el astro se ha comportado de manera similar, aumentando y disminuyendo su energía irradiada en periodos más o menos estables. Y eso no ha tenido efecto sobre el correcto devenir del clima terrestre, entendiendo como correcto el «necesario» para que la vida siga su curso.

Estudios posteriores al evento de 1816 han demostrado que el Sol también registró un curioso descenso en el número de manchas solares observadas por año desde, al menos, 1818 hasta 1858. Se sabe que una mayor cantidad de éstas implica un periodo de mayor luminosidad del Sol. Por ejemplo, durante el también conocido como Mínimo de Maunder (1645-1715) hubo una variación a baja de las manchas solares y aquel medio siglo y pico experimentó inviernos más fríos de lo normal.

Resumiendo, 1816 cayó en medio de un largo periodo de «letargo solar». La estufa de la Tierra estaba en régimen de bajo consumo. Aunque ese dato no es suficiente, por sí solo, para explicar el desastre del año sin verano. Sólo recientemente se ha descubierto el auténtico culpable de aquella variación climática: la catastrófica erupción del volcán Tambora, en la isla de Sumbawa (actual Indonesia), entre el 5 y el 11 de abril de 1815. Considerado como el mayor cataclismo volcánico desde que se tienen registros. El monte Tambora, una mole de 4.000 metros de altura con un cráter de seis kilómetros de diámetro, empezó a rugir el día 5 y terminó por explotar 6 jornadas después. El estallido fue tan grande que la estructura perdió casi 1.200 metros de altitud. La nube de cenizas resultante sepultó las islas de Sumbawa y Lombok, aniquilando a sus habitantes. A partir de ese momento, se sucedió una macabra serie de acontecimientos. La sucesión de explosiones pulverizó el último kilómetro de la cima del Tambora que quedó reducido a una ingente cantidad de pavesas, equivalente a un volumen de 30 kilómetros cúbicos. La gran cantidad de lava arrojada llegó al mar de Bali y provocó un terrorífico tsunami que mató a 88.000 personas en islas alejadas hasta 1.600 kilómetros.

Pero la acción de la lava, la roca y el agua no quedó ahí. Durante miles de años el vientre del volcán había resistido a la presión acumulada de los gases como el vapor de agua o el gas carbónico. Cuando la erupción liberó la presión, el resultado fue una catapulta natural que elevó los restos de cenizas a 15 kilómetros de altura.

El tamaño de estas partículas era minúsculo (menores de un milímetro cada una) por lo que, en lugar de caer al suelo afectadas por la gravedad, quedaron suspendidas a merced de los cambios de viento durante años. Lo que al principio fue una fina película de motas de polvo a 15.000 metros, terminó convirtiéndose en pocas semanas en una nube ancha repartida por varias regiones del planeta. Se han hallado restos de esa neblina en lugares de todo el mundo, desde la Antártida a Groenlandia.

Desde tierra no era posible observar nada extraño. A lo sumo, una coloración inusualmente rojiza de los atardeceres. Pero el efecto real fue feroz. La temperatura media mundial descendió medio grado. El calor tardaba en llegar al hemisferio norte. En invierno se morían de frío humanos y bestias, en primavera y verano las temperaturas no llegaban a calentar las cosechas. El régimen de lluvias en Europa y América del Norte se multiplicó por tres y llegó a nevar en zonas ecuatoriales como México y Guatemala. La escarcha arruinó la mayoría de las plantaciones de cereal de Europa. En julio y agosto había aún ríos helados. De Londres a Pekín la mayor parte de los pueblos del hemisferio padecieron una hambruna histórica.

Pocas veces en la Historia un fenómeno natural ha generado un impacto semejante en la cultura, la economía y la vida cotidiana. Triste coincidencia de factores que no suelen suceder a la vez, pero podrán volver a hacerlo el día menos pensado.