Literatura

Madrid

Carlos Santos: «La transición también se hizo en las camas»

Carlos Santos / Periodista. Acaba de publicar «333 historias de la Transición», una enciclopedia camuflada que cuenta historias

Carlos Santos
Carlos Santoslarazon

Caminante. De los que hacen camino, y disfrutan, al andar. Amante de los bares, del románico y del diálogo. Pero, sobre todo, periodista. «La libreta colorá» le acompaña desde el comienzo de su andadura y le ha ayudado a escribir «333 historias de la Transición» (La esfera de los libros). No es un libro de Historia, aunque sí de historias. Una especie de enciclopedia camuflada, un ejercicio de memoria colectiva. Jugador de chica, perdedor de mus, Carlos Santos no es de los que pasa. Envida y lanza órdagos, a grande.

–«333 historias de la Transición» es un libro diferente a todos los que se han escrito sobre aquella época.

–Es lo que he intentado. Tenía la obligación de contar algo distinto.

–La Transición no sólo se hizo en los despachos.

–La calle tuvo un protagonismo decisivo. También se hizo en los bares y en los talleres. A veces escuchamos simplezas relativas a aquel periodo. He llegado a oír que hubo pactos políticos a espaldas del pueblo...

–¿Y en las camas?

–Desde luego. Uno de los descubrimientos que despertaron mayor entusiasmo en aquella época fue el de la libertad sexual, que a nadie le amargaba. Las dictaduras, aparte de opresoras, son un poco estúpidas. ¿Qué necesidad tiene un dictador de prohibir a la gente que sea feliz en la cama? En la dictadura el sexo era una especie de tabú.

–Quedaron cabos sueltos y candados cerrados.

–Muchos, como que no se les pidieran cuentas a quienes habían cometido crímenes en la dictadura, que no hubiera sensibilidad hacia las víctimas del terrorismo o que no se reconociera el mérito a los jóvenes capitanes de la UMD. Quedaron candados cerrados, pero también los instrumentos democráticos y las llaves para abrirlos.

–¿Es un libro divertido?

–Desenfadado, y tiene pasajes divertidos. Dicen que es como el «big data» de aquella época, cosa que ni soñaba ni pretendía.

–En la portada le vemos jugar al mus con Adolfo Suárez, a un joven Felipe González, ¡y a Heidi!

–Es una manera de contar la llegada del color. Se pasa de los tonos grises de la dictadura al color de la democracia. Cuando llegó Heidi, la mayoría de las televisiones en España eran en blanco y negro.

–¿Por qué 333?

–Por casualidad. Quería titular con una cifra para dar a entender que no hay una sola historia de la Transición. Fueron muchos los actores de aquella gran obra colectiva. Yo empecé a escribir en mi libreta en el año 78. Parte del material viene de mi propia memoria como periodista, y parte procede de conversaciones que he mantenido con 54 personas de mi universo afectivo.

–Vivió aquella época al pie del cañón.

–Tuve la suerte de vivir parte de la Transición en primera línea periodística. Ahora los políticos están un poco más parapetados detrás de sus gabinetes, pero en los primeros años de la democracia la relación que existía entre los periodistas y los políticos era muy personal y directa. Existía la ilusión común de construir un país en el que a todos nos fuera mejor.

–¿Quiénes fueron los personajes más emblemáticos de la Transición?

–Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Juan Carlos I son los que mejor simbolizan el espíritu de pacto que reinó en aquel periodo. La reunión clandestina entre Carrillo y Suárez es muy significativa.

–¿Cuáles fueron las claves para pasar de la dictadura a la democracia?

–El desgarro interno del régimen, que estaba ya roto por dentro, fue importante. Se dieron cuenta de que no era posible el franquismo sin Franco. Había una especie de vendaval a favor de la libertad imposible de parar. Los políticos que lideraron el proceso fueron intuitivos, se entregaron al bien común y aprendieron que pactar significa ceder. La sociedad miró hacia atrás sin ira y hacia el futuro sin afán de revancha.

–No hay mal que por bien no venga.

–Es una frase muy curiosa. La dice Franco cuando matan a Carrero Blanco, su mano derecha, su amigo del alma. Franco era un tío muy raro. Pero en esa época hubo más bienes que males. Casi cada día pasaba algo interesante que acercaba España al futuro. Fue un periodo muy ilusionante.

–Muchos de los líderes actuales arremeten contra aquel periodo.

–Los que lo hacen sólo son aspirantes a líderes que han hecho alguna declaración desafortunada y ya están recogiendo velas. No se puede pretender despreciar la Transición dando a entender que fue un manejo de cuatro o cinco en un despacho, porque no fue así. Los dirigentes se pusieron al compás de lo que demandaba la gente.

–Aún nos quedan muchas mañanas por delante para que los gallos canten todo lo que quieran...

–Por supuesto. Estamos en una democracia equiparable a cualquiera de las 15 o 20 más avanzadas del mundo. Y el que diga otra cosa es porque no ha viajado o porque no conoce la historia. Todos somos responsables de nuestros actos y dueños de nuestro futuro.

–¿Estamos viviendo una segunda transición?

–No creo que ningún cambio político que se pueda producir en España sea equiparable al que supuso pasar de una dictadura a una democracia. Pero es verdad que desde que comenzó la crisis nos estamos replanteando muchas cosas. Hay una demanda de nuevos liderazgos, de renovación generacional, de recambio, de rejuvenecimiento, de refrescamiento de la política... También es evidente que una sociedad que estaba bastante atontada y adormecida en los años de bonanza económica ahora está más viva y activa.

–¿Necesita España un nuevo Suárez?

–Un capítulo del libro se titula «Hubo un tiempo en el que amábamos a nuestros políticos». Y los amábamos porque hablaban de cosas interesantes, tomaban decisiones acertadas e intentaban representar a los ciudadanos. La cercanía entre representantes y representados se ha ido perdiendo. Me parece bien que ahora intenten volver a acercarse, como si tienen que hacer el pino con las orejas, pero no sé cuánto tiempo tardaremos en ver resultados. Y tampoco tengo ni idea de cuál es el líder que necesita la gente.

El lector

Quizá la costumbre de ir al quiosco se esté perdiendo, pero Carlos Santos accede a diario desde su iPad a las versiones de pago de todos los grandes periódicos. Internacional, Opinión y Cultura son sus secciones favoritas. Ensalza las críticas de música que se publican en LA RAZÓN y elogia a Jesús María Zuloaga, «uno de los mejores periodistas de España».